miércoles, 31 de diciembre de 2014

Viaje al Trou au Natron


Viajar durante días por las arenas del Sahara hasta llegar a las montañas del Tibesti, y una vez allí descender al espectacular cráter del Trou au Natron tal vez sea una extravagancia. Pero, tal y como está el panorama, hay cosas de peor gusto. Verbigracia, tragarse, aunque sea en reseña diferida, las declaraciones de ciertos gobernantes que suponen un verdadero insulto a la inteligencia.
 
"Lleva cuidado con lo que deseas porque podría acabar cumpliéndose", reza el proverbio. Uno tiene derecho a tener sueños, entre ellos el que albergaba en el alma viajera desde que, en los años 70's (s. XX), recorrí, a bordo de un Cuatro latas, la pista transahariana argelina hasta Tamanrasset, en la región del Hoggar. Entonces nació el deseo de llegar al Tassili n'Adjer, continuar por la ruta balizada por la misión Berliet en el desierto del Níger hasta alcanzar Zouar, en el Tibesti chadiano. Problemas de distinta índole me impidieron llevar a cabo ese viaje que hoy resulta irrealizable dada la extrema conflictividad existente en el territorio sahariano. En muchas pistas, entre ellas la Seguedine-Zouar, existe un serio riesgo de pisar una mina de guerra. Así que, antes de que la edad me pasara la factura de fatiga de materiales, debía aprovechar la relativa estabilidad reinante en el momento en la República Democrática (¿?) del Chad para llegar, por una vía más corta, al Trou au Natron.

Pese a esas líneas formales marcada en los mapas, En África no hay fronteras, ni siquiera entre la vida y la muerte, advirtió el senegalés Léopold Sédar Senghor. En esos inmensos arenales que aparentan desembocar en la nada se han librado guerras que han dejado la ruta jalonada de chatarra bélica, y lo que es peor, extensas zonas sembradas de minas explosivas por las que sería fatal aventurarse sin un guía buen conocedor del terreno.

En cuanto a la seguridad de la región, motivo por el que abandonaron algunos de los candidatos iniciales a realizar este viaje, no hay que menospreciar los riesgos potenciales de tener un mal encuentro en una zona tan conflictiva como la del Sahara/Sahel, donde se mueven con soltura grupos armados de contrabandistas, islamistas y otras hierbas del lugar. En contraste con la pobreza generalizada de la población, el gobierno de Chad cuenta con un ejército muy potente, experimentado tanto en guerras internas como en las libradas contra Libia y Sudán, que no está por la labor de aguantar tonterías. La zona próxima a Nigeria, donde actúa Boko Haram, está controlada. Y en el norte, el gobierno ha encomendado la vigilancia a soldados nativos, tubus, que conocen bien el terreno y, además, obtienen información de sus numerosos parientes nómadas que se trasladan por la región. Esto se refuerza con la Operación Barkhane, un considerable despliegue militar del ejército francés con la misión de mantener su influencia en el territorio de su antigua colonia.

Finalmente, junto a mis amigos Elena López y Gustavo Cuevas, el plan consistió en montar una expedición ligera: dos vehículos 4X4 con sus correspondientes conductores y un guía todos ellos tubu, amén de un asistente cocinero de la etnia sara. Provistos de combustible, agua, alimentos y resto de impedimenta para vivir con autonomía sobre el terreno. Partiendo de Ndjamena, la capital de Chad, una carretera llega hasta Moussoro, donde se acaba el asfalto. A partir de ahí, la ruta enfila el curso del Bahr el Ghazal hasta que este se desvanece en la inmensidad de arena del erg Djourab. Vamos, cinco días de navegación sahariana para llegar, vía Faya Largueau, a Zouar, cerca de la arbitraria línea fronteriza con Libia y Níger.

 
 
 
A partir de Zouar, las arenas pierden protagonismo ante los tremendos pedregales por los que se abre paso la durísima pista de montaña, trazada por los militares franceses durante el período colonial, que se dirige hacia Bardai. La altitud se va elevando progresivamente hasta alcanzar una plataforma que ronda los 2.200 m de altitud. Es allí, aproximadamente a mitad de la ruta, donde se abre en plena meseta el abismal "agujero" del Natron. 

Visto desde el espacio el salino Trou au Natron, en blanco, contrasta con la enorme mancha en forma de calamar del Toussidé
Nos hallamos ante un monumental aparato geológico: el enorme cráter de un volcán apagado situado en lo más remoto del Sahara, al sur del Tarso Toussidé (3.265 m) en la cordillera volcánica del Tibesti. Su nombre afrancesado alude a las grandes y brillantes costras blancas de natrón, carbonato de sodio, que tapizan el fondo. De la espectacularidad del cráter dan idea sus dimensiones: seis kilómetros de diámetro y una profundidad de 950 m, albergando en su interior los conos de otros pequeños volcanes. Aunque a uno no se le haya perdido nada en el fondo del cráter, resulta excitante descender hasta él. Sin ser técnicamente difícil, el descenso requiere estar habituado a desenvolverse en terrenos abruptos y no tener aversión al enorme vacío que se abre a nuestros pies. Sobre todo cuando nos aproximamos al borde para  comenzar el descenso por el único punto en el que una sucesión de bloques descompuestos y viras en las verticales paredes posibilitan la existencia de algo parecido a un 'camino'. Requiere atención en algunos pasos sobre piedra suelta en los que "conviene no caerse", ya que un tropezón nos precipitaría fatalmente al abismo. Pasado este primer tramo delicado, la senda no ofrece dificultad.

Comienzo del descenso al Trou en el que hay algún pasaje delicado en el que 'conviene no caerse'.

Por esta ruta, acompañados por Hassan Oumar, nuestro guía tubu, descendimos hasta pisar las salinas planicies de natrón(*) que alfombran el suelo de este grandioso paraje del planeta. La sombra de alguna que otra acacia dispersa brinda algo de alivio frente a la intensa luz reflejada en el fondo de este mundo mineral. Poblado ocasionalmente por asnos salvajes y muflones, de los que vimos sus rastros. A mitad de la ruta hay un afloramiento de obsidiana.
Cornamenta de muflón llegando al fondo del Trou
Javier Nart, gran conocedor de Chad, en Viaje al desierto, dice que "El Trou au Natron es, también, una trampa. Si bajar es un riesgo, subir en el mismo día una necesidad, ya que durante la noche las tórridas temperaturas pueden llegar en invierno a gélidas bajo cero. Al anochecer, la ascensión se hace imposible, es suicida intentar subir sin visibilidad por el estrecho camino. La alternativa es sencilla, morirte despeñado o morirte de frío". Nart dramatiza un poco, aunque tiene razón en que hay que salir con luz del agujero. Lo ideal sería bajar al cráter con equipo para vivaquear y así poder recorrerlo sin prisas, visitando sus fuentes de aguas salobres y subiendo al día siguiente. Pero cada cual tiene su agenda, y la nuestra exigió bajar en una jornada y sin dormirnos en los laureles, pues debíamos remontar la pendiente y ganar la planicie antes de las cinco de la tarde, hora en que el sol comenzaba a declinar ya que estábamos próximos al solsticio de invierno. 

Una actividad como esta puede que sea una extravagancia, pero uno lleva aprendida la lección de Ítaca: lo que importa no es tanto la meta sino que el viaje sea largo, por las experiencias que nos depara. El nuestro continuó hacia Bardai por un trayecto en el que, volviendo al relato de Nart: "Hablar de pista, de ruta, es una humorada. Hay que negociar literalmente cada trecho del camino, hay trepar derrapando las ruedas por pendientes inverosímiles. Hay que cabalgar a cinco kilómetros por hora de velocidad punta entre mesetas de grandes rocas que hacen gemir cada juntura del vehículo, que ponen a prueba la solidez de tornillos, barras, suspensión y cojinetes". No es extraño, pues, que se rompiera la ballesta de uno de nuestros vehículos. 

Desde Bardai, nuestro itinerario de vuelta por otra ruta más al este nos permitiió conocer el insólito paraje de los lagos de Ounianga, increíbles láminas de agua de color esmeralda que es lo último que uno esperaría encontrar en el desierto. Contemplar con emoción el mensaje de cientos de pinturas rupestres en las grutas camino de la región de Ennedi; escuchar, en el guelta de Archei, el concierto proporcionado por los rebaños de dromedarios bramando de placer al unísono mientras rellenan de agua sus grandes barrigas. 
Ounianga Kebir. El mayor de los lagos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco
Guelta de Archei. Las caravanas, por riguroso turno, abrevan en el cauce, cuyos cocodrilos no suponen amenaza a los cuadrúpedos

En Chad, las caravanas son todavía hoy una forma de transporte habitual, ya que la adquisición de un 4x4 no está al alcance de cualquiera. Al parecer, hay jóvenes que consiguen comprarlo con el dinero obtenido alistándose como mercenarios en alguno de los conflictos declarados en los países limítrofes. Otros, según cuentan, buscando oro en el Tibesti. Tras largas décadas de guerras internas y externas, Chad ocupa el puesto 184 del total de 187 países incluidos en el Índice de Desarrollo Humano (IDH). 

Nadie espere encontrar alojamiento por el camino. Se pernocta en improvisado campamento junto al vehículo cuando cae la noche. Hay que ir provisto de la herramienta apropiada para efectuar sobre la marcha las reparaciones mecánicas que sean precisas. En nuestro caso, una avería en el diferencial de un vehículo y rotura de una hoja de ballesta, que fueron solucionados por nuestros competentes conductores. Hay que transportar asimismo el material de vivac, reservas de agua y el grueso de provisiones, aunque de cuando en cuando será posible abastecerse de pan en algún oasis y, si hay suerte, de hortalizas frescas. En cuanto a la carne, tarde o temprano se encuentra algún rebaño de cabras cuyo propietario no tendrá inconveniente en vendernos una res, que será sacrificada in situ e incorporada a nuestro menú. Espero que nadie me venga con melindres sobre este método alimentario, ya que los filetes comprados en asépticas bandejas en nuestros supermercados también proceden de reses sacrificadas. Eso sí, en mataderos situados a la suficiente distancia de nuestras mesas para que la visión de la muerte de otro ser vivo no nos incomode. Aquí al menos uno asume su responsabilidad carnívora.


Ubi bene... Con Yousouf Tchoulmay y su padre. Un tubu que se precie nunca abandona su cuchillo. ¡Mejor hacer amigos!
Veintitantos días, 6.000 km, recorriendo esta remota región del Sahara, proporcionan muchas vivencias, algunas dramáticas, de las que hablaremos otro día. Personalmente, el desierto es un territorio donde me siento bien. Ubi bene, ibi patria: allí donde me encuentro bien, allí está mi patria, dice otro viejo proverbio. Más allá de tal o cual bandera, anteayer en una cumbre pirenaica; ayer, vivaqueando à la belle étoile en el Djourab, bajo miríadas de luminarias celestes presididas por Orión, tales son las únicas patrias con las que me identifico.

Tanto la tontería como el provincianismo político se curan viajando. Sobre todo, cuando el viaje transcurre por estos inmensos territorios donde la gente sobrevive con lo imprescindible. El Trou au Natrón, esa singularidad geográfica que pone un punto de ruptura en la idea tópica de lo que es un desierto, fue una escala en el viaje a Ítaca. Sin ella el camino no hubieras emprendido. Mas ninguna otra cosa puede darte. Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca. Rico en saber y vida, como has vuelto, comprendes ya qué significan las Itacas.
Πάντα στον νου σου νάχεις την Ιθάκη ...  
(Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí, he aquí tu destino).
Ιθάκη – Ítaca (Kostantino Kavafis, 1911)






Para quienes estamos habituados a viajar por autopistas y pedir la dimisión del ministro de turnoen caso de que una nevada cause problemas de tráfico, viajar por el desierto puede parecer una aventura. Pero escenas como las que aparecen en las imágenes constituyen la normalidad para las gentes de gran parte de África: Un camión averiado, cargado de mercancías y pasajeros, que espera durante horas, o días, que le llegue una pieza de repuesto. Vivac sobre la arena. Negociación de una cabra para la despensa. Sustitución de una hoja de ballesta. Recarga de combustible a partir de la propia reserva. [Es posible ver las fotos ampliadas pinchando sobre ellas]


Navegando en un mar de arena. Ítaca todavía queda muy lejana


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(*) Químicamente, el natrón es un carbonato de sodio natural, muy hidratado. Eflorece rápidamente cuando se expone al aire seco, transformándose en el monohidrato termonatrita (Na2CO3·H2O). La palabra proviene del término NTR del Antiguo Egipto, que significa "divino" o "puro", dando lugar a la palabra compuesta "sal divina". El principal lugar de extracción de esta sal era la zona de Uadi el Natrun, en Egipto. La palabra fue empleada en las lenguas semíticas: en acadio nit (i) ru, en arameo nithra). Posiblemente, a través de fenicio pasó al idioma griego como nitro, y al latín como nitrum. En árabe es natrón, palabra que se transmitió al idioma español. El término griego nitro y el latíno nitrum se utilizaron para el salitre y la sosa, que no fueron reconocidos como sustancias diferentes. El término latino natrium dio nombre al sodio, del que deriva su símbolo químico Na. El natrón fue empleado por los antiguos egipcios en el proceso de momificación. También se utilizaba en la fabricación de cerámica vítrea: fayenza; además, esta sal fue destinada para usos relacionados con la limpieza, tales como el aseo de las viviendas y la higiene del cuerpo. (Wikipedia)