viernes, 22 de abril de 2016

De la libertad y otras relatividades. Reflexiones en el aniversario de Miguel de Cervantes


"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".


El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
(29 de septiembre de 1547- 22 de abril de 1616)


Si alguna irrenunciable invocación preside cualquier discurso político que se precie es la que toca lo que el universal hidalgo cervantino consideraba un regalo de los cielos. Ese incierto e intangible territorio hecho de la misma materia de la que, según Shakespeare, estamos hechos los humanos, es decir, los sueños: We are such stuff as dreams are made on, and our little life, is rounded with a sleep. 

El cielo no es ajeno al discurso del republicano Thomas Paine cuando plantea por primera vez la idea de facilitar un ingreso garantizado a toda persona adulta. Propuesta que formula con la aspiración de que se convierta en un derecho civil, categoría más elevada que la del mero socorro de los pobres: "Al defender el caso de las personas así desposeídas, estoy haciendo un alegato por un derecho, y no por una caridad. Pero es esa clase de derecho que, descuidado al principio, no se podría llevar adelante después hasta que el cielo hubiera abierto el camino por una revolución en el sistema de gobierno. Honremos, pues, las revoluciones con justicia y propaguemos sus principios con bendiciones".
 

Dejando a un lado los cielos, también a nosotros nos corresponde ahora hacer un discurso más ambicioso, que aspire a un fin más elevado que inventar un nuevo artificio, la RBC, para socorrer a los pobres. Es hora ya de que, con los pies bien asentados sobre la tierra, nos atrevamos a exigir lo que por derecho natural nos pertenece: una parte del patrimonio común. Hablemos, por tanto, de la libertad real que nos puede proporcionar la renta obtenida a partir de ese patrimonio.

Al escribir su Novena Sinfonía, Coral, Ludwig van Beethoven incorporó al cuarto movimiento final de esta obra cumbre un texto tomado de Au die Freiheit (Oda a la libertad) de Friedrich Schiller. Sin embargo, invocar la libertad no era muy conveniente en aquel momento político, por lo que Beethoven introdujo algunas modificaciones. La más significativa fue sustituir la palabra Freiheit (libertad) por Freude (alegría). Con lo que esa invocación inicial Freiheit, schöner Götterfunken (libertad, hermoso tesoro de los dioses) del poema schilleriano se convierte en un Freude, schöner Götterfunken (alegría, hermoso tesoro de los dioses). No será ya la libertad el objeto del canto, sino la alegría: Au die Freude.

Con un arreglo para orquesta de Herbert von Karajan, la Oda a la alegría fue adoptada en 1972 por el Consejo Europeo como himno oficial de la Unión Europea. Junto a su grandiosidad musical, esta obra resultaba políticamente correcta pues, entre otras modificaciones del texto coral, Beethoven sustituyó la frase original Bettler werden Fürstenbrüder (los mendigos serán hermanos de los príncipes) por Alle Menschen werden Brüder (todos los hombres se tornarán hermanos). En otras palabras, "llevaos bien los unos con los otros, pero no toquéis la cuestión social".

La anécdota, que no pretende restar méritos a la Coral beethoveniana, es un ejemplo de la relatividad que adquieren los conceptos cuando priman las conveniencias políticas. Porque, siendo la libertad una facultad o propósito universal, "uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos" según el alegato del ingenioso hidalgo manchego, cada cual interpreta el sentido de su libertad procurando llevar el agua a su molino. De ahí que pida libertad de opinión el ciudadano, libertad de prensa el articulista, libertad de comercio el gremio de tenderos locales y el trust de corporaciones multinacionales. Y que la patronal de la industria clame a diario por el ensanchamiento de la libertad de despido de los trabajadores empleados en sus empresas.

Hasta los mayores opresores se permiten la desfachatez de usar la palabra libertad justo cuando la violan. "España, una, grande y libre" fue la divisa de la dictadura franquista que privó de libertad a miles de españoles encerrándoles en la cárcel. En el peor de los casos, muchos de ellos acabaron su vida fusilados ante un paredón por mantener fidelidad a la causa republicana y a las libertades civiles. Y en la puerta de entrada a los campos de concentración y exterminio nazis campeaba un lema tan cínico como ominoso: Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres).

Hablando de libertad con algo más de rigor, en el campo de la filosofía es clásica la distinción que se establece entre la libertad negativa —libertad de— y la libertad positiva —libertad para—. En su acepción negativa, "libertad de" significa negación de la dependencia respecto de algo, inmunidad frente a determinación exterior, o frente a la imposición desde fuera a hacer algo que coarta la propia espontaneidad. Por ejemplo, libertad de expresión equivale al derecho de manifestar, defender y propagar las opiniones propias, sin encontrar trabas.

En su acepción positiva, "libertad para" se refiere a la capacidad del individuo para hacer algo por sí mismo. Libertad para elegir hacer algo o no hacerlo. Siempre, claro está, que los términos de la elección no estén viciados, como en esa libertad para elegir la forma de suplicio que se le ofrece al principal protagonista del Cándido de Voltaire:

Un hermoso día de primavera, se le ocurrió ir a pasear, caminando en línea recta, creyendo que era privilegio de la especie humana, como de la animal, utilizar las dos piernas a placer. Ni dos leguas había hecho cuando otros cuatro héroes de seis pies le alcanzan, lo atan, lo llevan a un calabozo. Le preguntaron jurídicamente lo que prefería: si ser fustigado treinta y seis veces por todo el regimiento, o recibir a un tiempo doce balas de plomo en la cabeza. Por más que dijo que las voluntades son libres, y que no quería lo uno ni lo otro tuvo que elegir: se determinó, en virtud del don de Dios llamado “libertad”, por pasar treinta y seis veces por las varas; aguantó dos paseos. El regimiento lo componían dos mil hombres. Aquello le valió cuatro mil varazos, que, desde la nuca al culo, le dejaron al descubierto músculos y nervios. Cuando se iba a proceder a la tercera carrera, Cándido, que ya no podía más, pidió como una gracia que tuvieran la bondad de romperle la cabeza.

El filósofo Isaiah Berlin (1909-1997) nos ha dejado unas cruciales reflexiones a propósito de estos conceptos o enfoques de la libertad. Su concepto de la naturaleza humana se vincula a la idea de que los hombres persiguen una amplia variedad de fines, ideales y modos de vida. Sin embargo, dice Berlin, los pensadores políticos, desde Platón, se han visto fascinados por una combinación de monismo, racionalismo y objetivismo. Han supuesto que lo bueno es, y debe ser, un todo coherente sin fisuras; asimismo, han creído que es posible llevar a la práctica una concepción del hombre perfecto y de la sociedad perfecta que permite establecer una jerarquía de valores, y que éstos pueden reducirse a uno: la supremacía de la razón, la ley de Dios, la sociedad sin clases, etc.

"La libertad política no es, como la libertad de decisión, intrínseca al ser humano, sino que, por el contrario, es algo que se ha desarrollado a lo largo de la Historia", dice Berlin. La libertad negativa supone que "ningún hombre ni grupo de hombres puedan interferir en mi actividad". Corresponde a la esfera en la que una persona puede actuar sin ser obstaculizada por otros. Este tipo de libertad tiene sus límites, pues, dado que los intereses humanos suelen ser opuestos o contradictorios, una capacidad de acción sin cortapisas de ningún género conduciría inevitablemente al caos social.

Sin embargo, en la tradición de John Locke, Stuart Mill, Benjamin Constant o Alexis de Tocqueville, también Berlin entiende que es preciso garantizar cierto ámbito mínimo de libertad personal inviolable que permita al individuo el desarrollo de sus facultades naturales, que en definitiva "es lo único que hace posible perseguir e incluso concebir los diversos fines que los hombres consideran justos, buenos o sagrados". De lo que deduce que, en su sentido positivo, la palabra "libertad" deriva del deseo, por parte del individuo, de ser su propio dueño: “Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores, sean éstas del tipo que sean”.

Para que una persona pueda desarrollar las potencialidades de su naturaleza humana, esto es, ejercer la libertad positiva en algún sentido, no sólo no deben existir interferencias de otros individuos. Además, la comunidad política en la que vive deberá articular las condiciones materiales de manera que cualquiera de sus miembros tenga garantizada la posibilidad de sustanciar las libertades teóricas. Karl Marx, en el comienzo del libro III de El Capital, escribió unas líneas que deberían ser de obligada inserción a pie de página en todo documento político que se atreva a invocar el sacrosanto nombre de la  libertad.

El reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la miseria y la coacción de los fines externos; queda, pues, conforme a la naturaleza de las cosas, más allá de la órbita de la producción material […]. Al otro lado de la frontera comienza el despliegue de las fuerzas humanas que se considera como fin en sí, el verdadero reino de la libertad.

Llegamos, pues, a la conclusión de que libertad debe ser algo más que una palabra mágica. Una sociedad sólo podrá considerarse libre, cuando sea capaz de garantizar condiciones que aseguren libertad real a todos sus integrantes.

Está claro que no todo el mundo tiene las potencialidades que le capaciten para ser un Mozart, un Velázquez o un Einstein. Lo habitual es que el lugar donde se concentra la circunstancia vital de millones de personas sea el ámbito del trabajo. Y en concreto, de un tipo específico de trabajo: el asalariado por cuenta ajena. En teoría, un pequeño agricultor o ganadero con tierras propias podría gozar de una razonable dosis de libertad obtenida a partir de su trabajo, aunque en la práctica su producción está sometida a los dictados de los grandes monopolios de la industria y el comercio alimentarios. En cualquier caso, las condiciones para el ejercicio de libertad real decaen con rapidez cuando se considera el caso del trabajador asalariado.

Para empezar, la prerrogativa de la que goza el empleador para imponer su voluntad al empleado supone para éste una serie de continuas coacciones y cortapisas a su libre iniciativa en el ámbito del trabajo. Con todo, el meollo de la cuestión radica en el salario, que es el medio que articula la relación laboral. No podra afirmarse que un individuo es realmente libre cuando ha de resignarse a efectuar un trabajo nocivo, mal pagado, en condiciones de temporalidad precarias. Nadie acepta la penalidad de una manera voluntaria. Si a muchas personas no les queda más remedio que trabajar en esas condiciones es porque carecen de alternativas mejores.
   
El empleo, ese artificio que incardina el trabajo en la esfera social, es susceptible de convertirse en un peligroso artefacto de dominación. El empleo asalariado establece una desigual relación contractual, pues no se trata sólo de una simple compraventa de tiempo de trabajo, sino de plena disposición de la voluntad de la persona durante ese tiempo. La dirección de los objetivos del trabajo y la disciplina en la ejecución del mismo pertenecen en exclusiva al empleador, al que también le pertenece la facultad de otorgar o no el contrato laboral. Si el Estado puede establecer la pobreza por decreto, el empresario ni siquiera necesita recurrir a una vía tan solemne. Le bastará pronunciar una fórmula tan simple como: “Pérez, está usted despedido”, acompañada de un mínimo formalismo legal, para haber ejercido el más absoluto dominio sobre la vida del empleado.

La doctrina política del liberalismo no garantiza que todo el mundo pueda gozar de una libertad real de acción y decisión deliberada. De hecho, los más acérrimos liberales son los propietarios de los medios de producción y distribución que emplean a muchos trabajadores. Y no puede decirse que las condiciones laborales que imperan en los centros de trabajo constituyan un encendido canto a la libertad.


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(Extracto del libro Renta Básica Universal. La peor de las soluciones [a excepción de todas las demás]



jueves, 14 de abril de 2016

Más allá de la república: el republicanismo

En el momento actual, el debate sobre la sustitución del régimen monárquico por una organización del estado más democrática y moderna como la república no se encuentra entre las prioridades de la opinión pública. Pero, más allá de las manifestaciones puntuales ondeando la bandera tricolor, no estaría de más que los republicanos convencidos defendieran, en el día a día de la acción política, los valores del republicanismo.

La jornada del 14 de abril de 2016, aniversario de la proclamación de la II República española, ha transcurrido sin pena ni gloria. El profesor de historia Julián Casanova resume la situación: "Hoy no hay posibilidad ni escenarios para proponer la República". 


El hecho de que la II República fuera destruida por un levantamiento militar apoyado, incluso hoy, por gran parte de la derecha política española ha creado la sensación de que la forma republicana es una idea de la izquierda. Lo cual lleva a cierta confusión. Máxime en un momento en el que el descontento popular ante los desastres producidos por las políticas socialmente depredadoras de la derecha está siendo canalizado en gran parte por Podemos, el nuevo partido que no se declara abierta y programáticamente republicano. N

República es la organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento, para un periodo determinado. En principio, la república parece la forma de Estado más natural, justa y participativa, más actual y sin hipotecas dinásticas ni religiosas. No obstante, no todos los Estados que ostentan el nombre de república son democráticos. Algunos, como es el caso de las repúblicas islámicas, adoptan este nombre para indicar que no son monarquías, pero la máxima autoridad no es elegida por el pueblo, sino nombrada por consejos de notables, a menudo oligárquicos e incluso familiares.

La experiencia demuestra que las repúblicas liberales no aseguran que las leyes tengan como guía la promoción y preservación de los tres componentes que debieran presidir toda comunidad cívica decente: la libertad, la igualdad y la fraternidad.


El republicanismo es una doctrina política emergente que enfatiza la noción de que la soberanía de un cuerpo político, formado por ciudadanos libres, corresponde, por encima de todo, al imperio de la ley. Y que la ley sólo es legítima si garantiza la libertad, la igualdad y la fraternidad. El republicanismo va más allá de la simple defensa de las formas republicanas en el gobierno del Estado y es, según explica Ramón Soriano en Democracia vergonzante y ciudadanos de perfil: "una concepción insurgente frente al liberalismo y al comunitarismo, comportando un rearme de la sociedad civil como colectivo de ciudadanos activos sensibilizados y preocupados por los asuntos públicos. [...] El ciudadano liberal se defiende y autoprotege. El ciudadano comunitarista se integra en una comunidad cuyos valores comparte. El ciudadano republicano participa en la sociedad que construye activamente, desplegando una virtud cívica".

En la concepción republicana de la libertad, la ausencia de opresión y dominación desempeña una función crucial. La libertad entendida como no-dominación es la gran diferencia de esta filosofía política respecto a cualquier variante de liberalismo. 


Antoni Doménech precisa que: "Para el republicanismo, y particularmente para el democrático, el mal supremo es la dominación por otro, y dominación —douleia, potestas, o como quiera que se le haya llamado— se opone directamente a libertad —eleuthería, libertas— en el siguiente preciso sentido: quien domina a otro tiene capacidad, tiene potencial para interferir arbitrariamente en sus decisiones; que haga un uso mayor o menor de esa capacidad —que sea un amo más o menos riguroso, que sea benevolente o cruel— no quita en nada a su dominación. Esencial para la dominación es que el dominado esté ‘a la discreción de otro’…".

El trabajo por cuenta ajena, es decir, el empleo, se desarrolla en un marco de juego que permite una perfecta situación de dominio y, por tanto, una indeseable situación para los defensores de la libertad. Debería sorprender que el discurso liberal, que arremete implacable contra la menor injerencia en la autonomía del individuo, pase por alto la evidente dominación que ejerce un empleador sobre un empleado sobre el que tiene plena disposición de tiempo y actividad durante el horario laboral. Tan pronto se entra en el taller o en la oficina, el ciudadano pierde hasta los derechos democráticos formales. Si quiere votar, podrá hacerlo en su tiempo libre; en domingo, que es el día en que se convocan comicios para elegir representantes parlamentarios, pero en el lugar de trabajo las decisiones no están sujetas a ningún tipo de debate. El empleado debe hacer lo que se mande, sin protestar. Una objeción a una orden puede suponerle el despido.
   
Bajo una dictadura, nadie se sorprende por las arbitrariedades cometidas por las autoridades que ostentan el poder, pues la injusticia forma parte de la vida cotidiana. De una manera similar, en lo que se refiere al trabajo, las clases dominantes se las han arreglado para que la desigual relación que existe entre patrones y trabajadores no sea cuestionada, sea cual sea la circunstancia histórica. Pues, si el patrón es el propietario de los medios de producción, la patronal es la propietaria del empleo global en un país. Si no existe un freno legal, es la patronal la que ostenta el poder de decidir cuando, cómo, dónde y en qué condiciones se proporciona o se niega empleo a cada individuo. Luego hay una clara situación de dominio. 


Por el contrario, la no-dominación es la posición de la que disfruta una persona cuando vive en presencia de otras personas y, en virtud de un diseño social, ninguna de ellas la domina. Como señala Philip Pettit, teórico del republicanismo: "si un estado republicano está comprometido con el progreso de la causa de la libertad como no-dominación entre sus ciudadanos, no puede por menos que adoptar una política que promueva la independencia socioeconómica".

Dado que sin independencia socioeconómica las posibilidades de disfrutar de la libertad como no dominación se ven menguadas, para buena parte de la ciudadanía la instauración de un ingreso garantizado supondría una autonomía personal mucho mayor que la actual. En este sentido, la propuesta de la Renta Básica Universal (RBU) ofrece bastantes puntos de encuentro con el republicanismo y su teoría normativa de la libertad, abriendo una puerta en esos callejones sin salida a los que conduce en la vida real de las personas la concepción liberal negativa de la libertad.

La defensa de la RBU desde una perspectiva republicana coincide en esencia con la posición que, ya en 1955, sostenía Erich Fromm: 


El campo de la libertad personal se ampliaría enormemente con esta ley [del ingreso garantizado; una persona que es económicamente dependiente (de un padre, de un esposo, de un jefe) ya no se vería obligada a someterse a la extorsión del hambre; las personas talentosas que deseen prepararse para una vida diferente podrán hacer esto, siempre que deseen realizar el sacrificio de vivir en la pobreza durante algún tiempo. Los modernos estados benefactores ¡'casi' han aceptado este principio, pero no en la realidad. La burocracia aún 'administra' a la gente, aún la domina y la humilla; pero el ingreso garantizado no requeriría ninguna prueba de necesidad por parte de una persona para obtener un techo sencillo y un mínimo de alimentos. Por esto no se necesitaría una burocracia (con su inherente desperdicio y sus violaciones a la dignidad humana) para administrar un programa de seguridad social. El ingreso anual garantizado aseguraría una libertad y una independencia reales. 

 

martes, 5 de abril de 2016

Deportación de refugiados, 'deportación' de capitales: el mundo gira

La semana comenzó con dos nuevos sobresaltos informativos: el comienzo de la deportación de refugiados desde el territorio de la Unión Europea a Turquía y el caso de la multimillonaria 'deportación de capitales' desvelada por los llamados Papeles de Panamá.

Tras la firma del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para devolver a territorio turco a las personas que llegan a Grecia buscando refugio han comenzado las deportaciones. Los primeros deportados han partido en dos barcos desde la isla griega de Lesbos a la localidad turca de Dikili. Mientras, diversas organizaciones humanitarias han denunciado el trato dispensado por Turquía a los refugiados, que incluye disparos en la frontera.

Este vergonzoso acuerdo, que vulnera los más elementales principios de los derechos humanos, es posiblemente ilegal y probablemente inútil. Pues las oleadas de gentes que huyen de las guerras y la miseria no van a cesar por muchas alambradas que coloque en sus fronteras una Europa cuyos dirigentes han perdido el horizonte social y la perspectiva de un mundo global que gira pese a sus injustas e ineficaces medidas.

El 10% de la población mundial posee el 86% de los recursos disponibles. El 50% de la población no posee nada. Nuestro mundo reconfigura una situación oligárquica que conocimos hace mucho tiempo. Pero sufrimos la ausencia, a escala mundial, de una política disociada del capitalismo hegemónico. Mientras no se haga otra propuesta estratégica, el mundo permanecerá en una desorientación esencial. Continuarán las oleadas de refugiados sin refugio, y las ciudades conocerán nuevos episodios de terrorismo ciego que segarán vidas de forma indiscriminada.

Tras las matanzas en París, en noviembre de 2015, el filósofo francés Alain Badiou hizo unas  reflexiones, publicadas ahora bajo el título Nuestro mal viene de más lejos, que cobran hoy gran actualidad después de los atentados de Bélgica, Irak, Yemen y Pakistán. Extraigo estos párrafos del texto de Badiou:



[...] la declaración de Obama. La declaración no tenía nada de especial.
 
Equivalía a decir que este crimen terrible no era solo un crimen contra Francia, un crimen contra París, sino también un crimen contra la humanidad. Muy bien, muy justo. Pero el presidente Obama no declara eso cada vez que hay un asesinato masivo de este tipo, no lo hace cuando las cosas suceden en lugares más lejanos, en un Irak que se ha vuelto incomprensible, en un Pakistán brumoso, en una Nigeria fanática o en un Congo que está en el corazón de las tinieblas.

Tenemos entonces una oligarquía del 10% y, luego, una masa de desposeídos de más o menos la mitad de la población mundial: es la masa de la población desposeída, la masa africana y asiática en su abrumadora mayoría. El total representa cerca de un 60%. Queda un 40%, que es la clase media y la que se reparte, penosamente, el 14% de los recursos mundiales.

 
El primer efecto impactante de todo lo que acabo de recordar es que este desarrollo desigualitario no tiene precedente. Hasta la derecha parlamentaria se inquieta a veces por ello. Las desigualdades son tan monstruosas que, habida cuenta del debilitamiento de los Estados, ya no se sabe cómo mantener el control de sus efectos en la vida de las poblaciones.

 
[...] Esta clase media se concentra, sobre todo, en los países llamados avanzados. Es, por ende, una clase ampliamente occidental. Es el soporte de masa del poder local democrático, del poder parlamentarizado. Pienso que podemos decir, sin pretender insultar su existencia –puesto que todos, aquí, formamos más o menos parte de ella, ¿no?– que una meta muy importante de este grupo que, de todos modos, no tiene acceso más que a una parte bastante insignificante de los recursos mundiales –un pequeño 14%–, es la de no ser desplazado a, ni identificado con, la inmensa masa de los desposeídos.
 
He aquí por qué esta clase, considerada en su conjunto, es porosa al racismo, a la xenofobia, al desprecio por los desposeídos.

 
[...] a esta clase media amenazada de precariedad se dirige el discurso de defensa de los valores: “¡Defendamos nuestros valores!”. En realidad, defender nuestros valores quiere decir defender el modo de vida occidental de la clase media, es decir, el reparto civilizado del 14% de los recursos mundiales entre ese 40% de gente “media”.

A esta actitud a la defensiva por parte de la "gente media", que defiende una cada vez más mediocre calidad de vida, puede obedecer la indiferencia mayoritaria de la población europea frente a los desmanes de sus dirigentes al negar el derecho de asilo a los refugiados sin refugio. Se convocan pequeñas manifestaciones de rechazo, pero Europa no se alza en masa reclamando la primacía de la Declaración de los Derechos Humanos. Un botón de muestra: si se molestan en comprobar el estado de la petición dirigida, a través de Change Org, a los Jefes de Estado y de Gobierno de la UE para que no firmasen el Acuerdo UE-Turquía verán que obtuvo 73.000 firmantes. Cifra que contrasta con el número de firmas obtenidas por otras peticiones como Acabemos con el expolio de los viejos olivos y otros árboles centenarios, que ha sido suscrita por 148.000 firmantes. 

"El 4 de abril pasará a la historia como el día en que se plasmó el fin de los valores europeos por la deportación de refugiados y como millones de ciudadanos miraron para otro lado en la era de Instagram, facebook y twitter. ¿Cómo explicarlo a hijos y nietos? se pregunta Ana Cañil.

La otra cara de la moneda de este gran desorden mundial nos la acaban de servir las investigaciones del llamado caso de los Papeles de Panamá. Una ingente operación de 'deportación de capitales' al paraíso fiscal panameño llevada a cabo por las élites económicas. Entre los españoles o residentes en España que figuran en los papeles destacan Pilar de Borbón, hermana del Rey Juan Carlos I, Leo Messi, Pedro Almodóvar o Micaela Domecq, esposa de Miguel Arias Cañete, exministro del gobierno Rajoy y actual Comisario europeo. 



Otra expresión más de la ley del embudo con que el neoliberalismo rampante aplica uno de sus sagrados lemas: laissez faire, laissez passer. Libertad de circulación, incluso por la puerta de atrás, de los capitales. Prohibición de circular por el mundo a las personas. 

La guinda del cinismo la pone Montoro, ministro de Hacienda en funciones, que ante los Papeles de Panamá dice muy serio que "hay que investigar". Recordando al comisario de la película Casablanca que exclama: "qué escándalo, en este local se juega", al tiempo que un propio le entrega las ganancias que ha obtenido en el garito de Rick. 

Resulta que en este país el gobierno ha hecho salvajes recortes en la protección social, se ha fundido la hucha de las pensiones y ha incumplido el compromiso de déficit adquirido con las autoridades comunitarias. Todo ello porque no había dinero en las arcas de Hacienda. Mientras tanto, una colección de ciudadanos ilustres 'deportaban su capital' a sociedades off shore para no pagar impuestos. ¿Saben lo que diría la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas? Pues eso.