lunes, 18 de noviembre de 2019

¡ Viva Conejalia !

La palabra Hispania tiene su origen en la forma con que la civilización romana se refería a la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». En algunas monedas acuñadas en Hispania aparece una dama con un conejo a sus pies. Con la actual ola nacionalista, las banderas proliferan más que los conejos, cuya población registra un alarmante descenso. 


En lo tocante a cuestiones de índole marciana, tales como religión o nacionalismo, el escribidor de este blog declara su pertenencia a la escuela apateísta. En concreto, los nacionalismos de cualquier índole me aburren ya que mi concepto personal de patria no tiene nada que ver con territorios tradicionales sino con algo tan sencillo y utilitario como un lugar donde me pueda sentir bien (ubi bene, ibi patria). Uno de estos territorios es España, donde me siento razonablemente bien, al menos mientras no viene una panda de estúpidos a tocarme las narices.

A las puertas del año 2020, una persona adulta, provista de un elemental bagaje de conocimientos de historia y política, no puede tomarse en serio los argumentos nacionalistas, tanto sean periféricos como mesetarios. De ahí el tedio y hartura que invade mi ánimo ante la estomagante exhibición de banderas por los partidarios de Vox y del útero matriz que lo parió, o sea, el Partido Popular. Banderas y otros postureos de rancio patriotismo

Uno, que ha conocido y sufrido en carne propia las miserias políticas y abusos del franquismo, creía superadas dans l'air du temps esas liturgias patrióticas tras las que el régimen dictatorial trataba de ocultar sus crímenes. Liturgias que vuelven con el estruendo de los frenéticos vítores que, a este paso, acabarán desgastando el nombre de la tierra en la que he nacido. Cuyo nombre, por cierto, admite la sabrosa traducción de «tierra de conejos».

La palabra Hispania tiene su origen en la forma con que la civilización romana se refería a la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». En algunas monedas acuñadas en Hispania aparece una dama con un conejo a sus pies.

Autores como Plinio el Viejo, Catón el Viejo y Catulo, se referían al territorio ibérico como un lugar abundante en conejos. En concreto, Catulo, quizás el más libertino de los poetas latinos, en un poema escrito con desvergonzado y soez lenguaje, habla con desprecio de un tal Egnacio, al que califica como «único de los de pelo largo, hijo de la conejosa Celtiberia» (tu praeter omnes une de capillatis, cuniculosae Celtiberiae fili, Egnati.

Según los que entienden de etimologías, la clave de esta asociación conejil podría residir en la adaptación latina Hispania de la voz fenicia Spania. Derivada a su vez de I-shphanim, término que literalmente viene a significar «de damanes». Ya que shphanim es la forma plural de shaphán, «damán». El damán (Hyrax syriacus) es un animal del orden Hyracoidea, mamíferos placentarios que se originaron en África hace 50 millones de años (Eoceno), y actualmente se extienden por toda África y la península arábiga.

Ejemplares de damán en las ruinas de la antigua fortaleza de Ouadane  (Mauritania)          
En la península ibérica no había damanes, sino conejos (Oryctolagus cuniculus) en abundancia. Y dado que guardan cierto parecido externo, los fenicios los denominaron damanes. De ahí, Hi-shphanim«Isla de damanes», que los latinos interpretan como conejos.

De forma y manera que estos patriotas de mierda o mierda de patriotas (lo dejo al gusto del lector) que tanto gritan hoy el nombre de España lo desgastan hasta tal punto que muy pronto no quedará otro remedio que recurrir a los orígenes y renombrarlo Conejalia.

Por lo que a las banderas se refiere, ya me he referido en anterior ocasión al estilo hortera con que algunos nacionalistas de uno u otro signo abordan la exhibición de sus respectivas enseñas, degradándolas a la condición de simples trapos. O lo que es mucho peor: arrastrando sus colores por el suelo. Justo lo que ha hecho el teniente general del Ejército del Aire retirado, y actual diputado de Vox Manuel Mestre, que se presentó en la recepción del aniversario de la Constitución española con unos zapatos rojos y amarillos. Parece mentira que sea precisamente un militar quien desprestigie los colores de la enseña nacional poniéndola a sus pies.   
Foto. CARMEN MORAGA  eldiario.es 
Actos como el del teniente general retirado Mestre ponen de manifiesto que las huestes de la  extrema derecha están perdiendo el oremus. Y esto quizá se deba a la disminución del conejo en las tierras a las que da nombre. En efecto, el Oryctolagus cuniculus se considera una especie en peligro ante el alarmante descenso de su población en España, Portugal y Francia. La caída del conejo desencadena una batería de problemas ambientales, al ser una presa fundamental para depredadores ibéricos en grave peligro como son el lince y el águila imperial. ¡Ay, el águila imperial! ahora se comprende la desazón de los ultramontanos nacionales. 

A todo esto, el horterismo banderil alcanza su cénit en un lugar tan emblemático como pueda ser el palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid regido hoy por la vara del alcalde Martínez Almeida, del Partido Popular.

El caso es que la zona ya posee una gran abundancia de banderas, dada la ubicación de diversas instituciones del Estado (Cuartel General del Ejército, Cuartel General de la Armada, Banco de España) donde ondea de forma oficial y preceptiva la bandera constitucional, que ondea al viento con el donaire que le es propio.    

Lo que no se entiende muy bien es el motivo de que un monumento tradicional como la estatua y fuente de la Cibeles se encuentra rodeada por ocho banderas que no añaden ningún ornato a la efigie de la antigua Diosa de la Madre Tierra. Antes bien, le dan la apariencia de una vulgar tarta con velas de cumpleaños. A este paso, puede que la pareja de leones que tiran del carro sean sustituidos por una yunta de conejos.



Este desacato a la diosa frigia se complementa con el atentado estético nacionalista al Palacio de Cibeles (antiguo Palacio de Comunicaciones, o simplemente Correos para los castizos). En efecto, amén de su correspondiente bandera nacional prendida en asta como manda el reglamento, la actual Corporación Municipal que gobierna con la bendición de Vox, ha colocado una descomunal colgadura rojigualda, que más que bandera parece una vulgar colcha puesta a secar, que ni ondea ni ná. Y por lo que respecta al oso y al madroño, pues nada, desaparecidos en combate.

Anonadado ante tal espanto nacionalista, tras dedicar al alcalde Almeja el poema de Catulo que más abajo se reproduce, no me queda otro remedio que gritar:


 ¡Viva Conejalia






Catulo XXXVII. ad contubernales et Egnatium

Salax taberna vosque contubernales,
a pilleatis nona fratribus pila,
solis putatis esse mentulas vobis,
solis licere, quidquid est puellarum,
confutuere et putare ceteros hircos?
an, continenter quod sedetis insulsi
centum an ducenti, non putatis ausurum
me una ducentos irrumare sessores?
atqui putate: namque totius vobis
frontem tabernae sopionibus scribam.
puella nam mi, quae meo sinu fugit,
amata tantum quantum amabitur nulla,
pro qua mihi sunt magna bella pugnata,
consedit istic. hanc boni beatique
omnes amatis, et quidem, quod indignum est,
omnes pusilli et semitarii moechi;
tu praeter omnes une de capillatis,
cuniculosae Celtiberiae fili,
Egnati. opaca quem bonum facit barba
et dens Hibera defricatus urina.

Salaz taberna y vosotros, contubernales,
desde los hermanos del píleo la novena pila, 
¿solo pensáis que tenéis pollas vosotros,
que a solos vosotros lícito es cuanto hay de chicas
follaros y creernos a los demás hircos?
¿Acaso porque contiguos os sentáis, insulsos, 
cien o doscientos, no creéis que me atreveré
yo a que al par los doscientos me la maméis, los asistentes?
Y bien, pensadlo, pues para vosotros de toda 
la taberna el frente con polvos escribiré,
pues mi chica, que yo, la que de mi seno huyó,
amé tanto cuanto amada será ninguna,
por la que yo he grandes batallas luchado,
se ha sentado aquí. A ella, buenos y dichosos, 
todos la amáis, y, ciertamente, lo que indigno es, 
todos insignificantes y callejeros adúlteros,
tú antes que todos, único de los de pelo largo, 
de la conejosa Celtiberia hijo,
Egnacio, al que bueno hace tu opaca barba

y tu diente, fregado con ibera orina.