jueves, 26 de marzo de 2026

Sobre el tiranicidio

 

                                                                             Imagen: John Hain (pixabay)

 

tirano, na (Del lat. tyrannus, y éste del gr. tyrannos). Dícese del que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. tiranía (Del gr. tyrannía). Gobierno ejercido por un tirano. Abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad. tiranicidio (Del lat. tyrannicidium). Muerte dada a un tirano.


En el discurso pronunciado, el pasado 19 de marzo, por el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, con ocasión de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, el mandatario hizo referencia expresa a ese conjunto de "fenómenos que apuntan todos en la misma dirección desalentadora". Entre ellos, "el incumplimiento sistemático" y la "violación de la Carta de la ONU", "la deslegitimación de los tribunales internacionales", la creación de "un vacío, una tierra de nadie arbitraria, objeto de incursiones injustificadas (…) en un proceso que recae con todo su peso sobre los países y los pueblos más pobres y menos afortunados".

En su alocución, el profesor Mattarella, denuncia también una "vis dstruens que no surge de la necesidad de allanar el terreno para una construcción mejor, sino —al parecer— de la voluntad de eliminar aquellos límites al ejercicio de la supuesta soberanía estatal que se habían establecido para impedir el predominio de las aspiraciones hegemónicas de los grupos dirigentes al mando de los paises más fuertes".

Dani Rodrik, el influyente economista turco, profesor en la Universidad de Harvard y Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2020, no duda en señalar al principal responsable de esta vis destruens (*)"Trump no es solo un riesgo económico de primera magnitud: es sobre todo la mayor amenaza de nuestro tiempo".

"Me preocupa más que con tantos fuegos artificiales no aprendamos la lección que nos ofrece la disolución del modelo de hiperglobalización de las últimas décadas, del que Trump es apenas un síntoma, no la causa" —asegura Rodrik "Trump puede causar inmensos daños porque es el comandante en jefe del mayor ejército del mundo; es tan impredecible que en cualquier momento puede provocar el caos. Lo estamos viendo en Irán. Su capacidad para sembrar el caos en el terreno geopolítico es brutal. En cambio, su capacidad para sembrar el caos económico es más limitada; y sus efectos serán pasajeros: no creo que deje cicatrices permanentes en la economía. Sí puede causarlas en la geopolítica global, con el riesgo de un conflicto bélico a gran escala, y en la política estadounidense". 

Por su parte, Timothy Snyder, historiador estadounidense especialista en Europa Central y Oriental, desarrolla su concepto de tiranía principalmente en su libro Sobre la tiranía: Veinte lecciones del siglo XX (2017). Para Snyder, la tiranía no es simplemente un régimen autoritario impuesto desde arriba, sino un proceso gradual en el que los ciudadanos permiten —o facilitan activamente— la destrucción de las instituciones democráticas. Es tanto una estructura de poder como una dinámica social y psicológica. 

Entiende Snyder que los regímenes tiránicos no surgen de la nada: se aprovechan de instituciones debilitadas, ciudadanos pasivos y élites que colaboran esperando conservar privilegios. Snyder advierte que la democracia puede colapsar sorprendentemente rápido cuando nadie la defiende activamente. De ahí se desprende su conceptos de la obediencia anticipada (anticipatory compliance): la tendencia de funcionarios y ciudadanos a adivinar lo que el poder quiere y actuar en consecuencia, sin que se les ordene explícitamente. Esto normaliza el autoritarismo.

En línea con Hannah Arendt y George Orwell, Snyder ve en la manipulación del lenguaje y la proliferación de la mentira (post-truth) herramientas esenciales de la tiranía. Sin una realidad compartida, la resistencia colectiva se vuelve imposible.

Aunque este libro está escrito en respuesta al ascenso de Donald Trump y los movimientos populistas en Europa, Snyder insiste en que sus lecciones son universales y atemporales, extraídas de los grandes colapsos democráticos del siglo XX. Su mensaje central es que la tiranía no es inevitable, pero tampoco es imposible, sino que depende de las decisiones cotidianas de cada ciudadano.

Las instituciones no se defienden solas: requieren que las personas las sostengan activamente. Cuando los jueces, periodistas, legisladores o ciudadanos abandonan sus roles, las instituciones colapsan y el poder arbitrario llena el vacío. Snyder estructura su análisis en veinte prescripciones prácticas, entre las más destacadas:

a) No obedecer de antemano: resistir la tentación de anticipar deseos del poder. b) Defender las instituciones: apoyar activamente los contrapesos del poder. c) Cuidar el lenguaje: hablar con precisión, resistir el eufemismo y la propaganda. d) Creer en la verdad: distinguir hechos de ficción, apoyar el periodismo independiente. e) Mantener vida privada: proteger espacios fuera del control estatal. f) Hacer política en persona: no dejar que las redes sociales sustituyan la acción real. 

Sin embargo, cuando esta labor cívica de carácter preventivo falla por las razones que sean puede darse el caso de que un gobernante legítimo se convierte en tirano al abusar de su poder, oprimir al pueblo o violar las leyes. Es el caso de Donald Trump, un narcisista tal vez demenciado, grotesco en sus formas, caótico en sus decisiones, pero dotado del enorme poder que le confiere la presidencia de los EE. UU a través de cual ha introducido un tremendo desorden mundial.

Las democracias modernas cuentan con diversos mecanismos constitucionales para remover a un gobernante antes de que finalice su periodo si este incurre en faltas graves, abusos de poder o pérdida de confianza ciudadana, tales como la moción de censura o el juicio político (impeachment). En este segundo caso, se trata de un procedimiento lento que puede durar meses mientras el tirano sigue cometiendo desmanes no sólo económicos, sino que se cobran vidas humanas al declarar guerras o enviar a policías a matar ciudadanos del propio país (Minnessota). Llegados a este punto, y como último recurso, la teoría política describe un procedimiento abreviado: el tiranicidio.

El tiranicidio —concepto que ofrece justificación moral a ciertos actos que, desde el punto de vista jurídico, se denominan magnicidio— constituye uno de los tópicos recurrentes en el ideario de la Independencia de los Estados Unidos de América del Norte, tradición que incluye célebres apologías sobre la necesidad de eliminar a los tiranos. Entre los ejemplos más conocidos figura la frase atribuida a Thomas Jefferson: "El árbol de la libertad debe regarse con la sangre de los patriotas y de los tiranos". En esa misma línea se inscribe el lema del estado de Virginia, "Sic semper tyrannis" —"Así siempre a los tiranos"—, propuesto por George Mason. 

La sugerencia de Benjamin Franklin para el Gran Sello de los Estados Unidos incluía la frase "Rebellion to Tyrants is Obedience to God" ("La Rebelión contra los Tiranos es  Obediencia a Dios"). 

Un antecedente en la reflexión sobre el tiranicidio se debe a la Escuela de Salamanca, un movimiento intelectual y teológico-filosófico que floreció durante los siglos XVI y XVII en la Universidad de Salamanca (España), donde Sergio Mattarella pronunció su discurso. Esta Escuela supone una renovación profunda de la escolástica medieval, aplicando el pensamiento tomista a los grandes problemas del mundo moderno: el comercio global, la conquista de América, el derecho internacional y la naturaleza del poder político. Sus representantes más destacados son Francisco de Vitoria (1483–1546) —dominico formado en París que transformó la cátedra de teología de Salamanca en un centro de pensamiento vivo y comprometido con la realidad política de su tiempo— y Francisco Suárez (1548-1617) —teólogo y jesuita, considerado el mayor filósofo escolástico después de Tomás de Aquino—.  

Esta Escuela adelantó ideas referidas al derecho internacional sosteniendo que las naciones forman una comunidad universal regida por normas que ningún soberano puede ignorar. Desarrolla una teoría del poder basada en el consentimiento y el bien común. El poder político no viene directamente de Dios al monarca, sino que pasa por la comunidad. Establece asimismo criterios rigurosos para determinar cuándo una guerra es moralmente legítima: causa justa, intención recta, declaración por autoridad legítima, proporcionalidad y último recurso. Estos principios siguen siendo referencia en el derecho internacional humanitario. 

La Escuela de Salamanca justificó el derecho al tiranicidio basándose en la idea de que el poder político emana del pueblo y está limitado por la ley natural y el bien común. Esta doctrina no era una apología del asesinato arbitrario, sino un mecanismo de defensa extrema frente a la opresión. Distinguía entre dos tipos de tirano:

  • Tyrannus absque título: El usurpador que accede al poder sin derecho legítimo. En este caso, cualquier ciudadano tiene derecho a resistirse o eliminarlo para restaurar el orden.

  • Tyrannus in exercitio: El gobernante legítimo que se convierte en tirano al abusar de su poder, oprimir al pueblo o violar las leyes divinas y naturales.

El autor más radical en la defensa del tiranicidio fue el jesuita Juan de Mariana (1536-1624). Su libro De rege et regis institucione (1599) se hizo famoso por la exposición que en él hace del derecho de los ciudadanos particulares a eliminar al rey en caso de que éste viole la norma fundamental del contrato con el pueblo del que emana su soberanía: si un rey degrada la religión, impone impuestos injustos o gobierna contra el interés público, puede ser depuesto e incluso ejecutado por un individuo particular si la nación no puede reunirse para hacerlo.

      Tanto los filósofos como los teólogos están de acuerdo en que si un príncipe se apoderó de la República a fuerza de armas, sin razón, sin derecho alguno, sin el consentimiento del pueblo, puede ser despojado por cualquiera de la corona, del gobierno, de la vida; que siendo un enemigo público y provocando todo género de maldades a la patria y haciéndose verdaderamente acreedor por su carácter al nombre de tirano, no sólo puede ser destronado, sino que puede serlo con la misma violencia con que él arrebató un poder que no pertenece sino a la sociedad que oprime y esclaviza. [...] Es ya, pues, innegable que puede apelarse a la fuerza de las armas para matar al tirano, bien se le acometa en su palacio, bien se entable una lucha formal y se esté a los trances de la guerra.

 

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(*) Fuerza destructora. Tendencia o voluntad de desmantelar estructuras, normas o límites establecidos (como tratados internacionales o soberanías) sin necesariamente tener un plan para reemplazarlos por algo mejor

(**) El libro de Mariana fue quemado en público en el Parlamento de París debido a que la apología del regicidio contenida en la obra se consideró causa inductora del asesinato de Enrique III de Francia. En España, el Instituto Juan de Mariana es un reducto de la ideología ultraconservadora libertariana, con estrechas relaciones con el Cato Institute, y organiza un premio anual que en 2024 fue otorgado al presidente argentino Javier Milei.

(***) Los procedimientos principales para remover a un gobernante varían según el sistema de gobierno:

1. Juicio Político (Impeachment). Es el mecanismo típico de los sistemas presidencialistas (como en EE. UU. o la mayoría de los países de América Latina). Motivo: Se activa ante delitos graves, traición, soborno o violación de la confianza pública. Procedimiento: Generalmente, la Cámara de Representantes acusa y el Senado actúa como juez. Se suele requerir una mayoría cualificada (como dos tercios) para condenar y destituir al funcionario. El proceso formal de impeachment contra Richard Nixon duró aproximadamente 9 meses y 3 semanas, desde que se iniciaron las primeras resoluciones oficiales en octubre de 1973 hasta su renuncia en agosto de 1974.

2. Moción de Censura Es el procedimiento estándar en sistemas parlamentarios (como en España, Reino Unido o Alemania). Motivo: Pérdida de la confianza política del Parlamento en el jefe de Gobierno. Procedimiento: Si la mayoría absoluta de los legisladores vota a favor de la moción, el gobernante se ve obligado a dimitir. En algunos casos, como la Moción de censura en España, debe ser "constructiva", lo que significa que el Parlamento debe proponer simultáneamente a un candidato sucesor.




sábado, 28 de febrero de 2026

El “torero” que el 23-F asaltó el Parlamento español pistola en mano muere el mismo día en que se publica la documentación secreta sobre el golpe


Manuel P. Barriopedro (EFE)

                                                              Antonio Tejero Molina, el teniente coronel de la Guardia Civil cuya imagen se convirtió en el icono del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, ha muerto a los 93 años. El óbito coincidió de manera simbólica con la fecha en que el Gobierno de España hizo pública la desclasificación de los documentos secretos del golpe. El 23-F, la entrada de Tejero pistola en mano en el hemiciclo del Congreso de los Diputados al grito de “¡quieto todo el mundo!” suscitó el equívoco del reportero de la agencia sueca Tidningarnas Telegrambyrå:  "Un torero asalta el Parlamento español"


El pasado 24 de febrero de 2026, el Consejo de ministros aprobó la desclasificación de documentación relativa al intento de golpe de Estado que tuvo lugar en España el 23 de febrero de 1981. Se trata de "153 unidades documentales" que durante décadas han permanecido clasificadas como secretas y que a partir de ahora podrán "ser consultadas por historiadores, por investigadores y por la propia ciudadanía a través de los canales oficiales". Los documentos se hicieron públicos tras aparecer la orden en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 25 de febrero y se accede a ellos en la página web oficial de La Moncloa.

En esa misma fecha falleció el ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina a los 93 años de edad. Su muerte ocurrió en un hospital de Alzira (Valencia). Murió apenas dos días después del 45.º aniversario del intento de golpe de Estado de 1981 que él mismo encabezó. Desde la perspectiva de un reportero de la agencia sueca Tidningarnas Telegrambyrå, la escena sugería la ligura de un torero asaltando el Parlamento español.

Así lo cuenta el historiador, Gabriel Cardona, en su libro A golpes de sable (2008). "En la noche del 23 de febrero de 1981, un despistado periodista sueco recibió una fotografía de agencia donde se veía a Tejero, conminatorio y pistola en mano, en el salón de sesiones del Congreso. El sueco, sin otras informaciones aclaratorias, miró el aparente tricornio y compuso un titular apresurado

Para un observador extranjero no muy familiarizado con los uniformes españoles de la época, la forma del tricornio (visto de frente o de lado en imágenes de baja calidad) guardaba un parecido visual con la montera que usan los toreros. En aquel momento, la imagen internacional de España seguía muy ligada a los tópicos de la tauromaquia, lo que facilitó que el periodista interpretara la "representación" como una "corrida" política. 

Aunque el error original fue sueco, medios estadounidenses como The New York Times o la revista Time dieron una cobertura masiva al evento. En sus crónicas, a menudo describían el atuendo de Tejero como algo exótico o "pintoresco", refiriéndose al tricornio como un "patent leather tricorn hat" (sombrero de tricornio de charol), explicando a sus lectores que era el símbolo de una fuerza policial paramilitar. 

Curiosamente, tras el asalto al Capitolio de EE. UU. en 2021, muchos medios españoles compararon al "Chamán de QAnon" (con su gorro de piel y cuernos) con la figura de Tejero y su tricornio, cerrando el círculo de comparaciones entre asaltos al congreso y sombreros llamativos.

En una suerte de justicia poética, a la coincidencia de fechas entre la muerte de Tejero la salida a la luz de los documentos que habían permanecido secretos hasta ahora, entre ellos la transcripción de algunas conversaciones telefónicas que fueron intervenidas aquella noche, hace honor a la célebre frase de Karl Marx: "la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa".


Porque aquella fatídica noche, con tanta confusión, nervios y proliferación de armas, hubo momentos susceptibles de un desenlace trágico. Por ejemplo, cuando un guardia civil señala su metralleta y advierte a los diputados que no se muevan: «Tranquilos, señores; al próximo movimiento de manos se mueve esto, ¿eh? Los de las manitas esas, tranquilos. Eso cuando estén solos».

O cuando el general Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil, acude al Congreso y se dirige al cabecilla de los golpistas: «¡Tejero, deponga su actitud y entréguese acabando de una vez esta locura!». Pero Tejero le ha respondido: «Mi general, estoy dispuesto a todo y, antes de entregarme, primero le mato y después me pego un tiro». Aramburu ha hecho ademán de sacar su pistola, pero uno de sus ayudantes se lo ha impedido, porque los hombres de Tejero le han apuntado con sus fusiles.

Cuarenta y cinco años después de aquel "instante", empleando la terminología de Javier Cercas, algunas de esas conversaciones, como las mantenidas por la esposa de Tejero, Carmen Díez, escuchadas hoy, reviven el "instante" como farsa.

La esposa de Tejero se refirió al militar como “tonto” o “desgraciao” decenas de veces el 23-F: “Lo han dejado tirao como una colilla”. En otra llamada, Carmen Díez habla con otra mujer, Herminia, a quien dice: “¿Has visto qué asco? Me lo han dejao tirao como una colilla. Me lo han dejao solo, me lo han engañao”. En una llamada a su hijo, Carmen le dice a este que ha oído en televisión que Antonio Tejero asume toda la responsabilidad y exclama “¡Qué jilipuertas es!”, concluye de nuevo la mujer:

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jueves, 29 de enero de 2026

"Un millón de moscas no puede equivocarse, comamos mierda".

 

 Aunque suene brutal, este satírico eslogan encierra una verdad incómoda sobre el funcionamiento de los mercados cuando se desconectan de la calidad y se guían únicamente por la popularidad o la inercia del consumo masivo.  El criterio basado en el argumentum ad populum  —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace—  infecta tanto a consumidores como a mercados.

Una gran cantidad de bienes, servicios, y por desgracia muchos de los alimentos que llegan a nuestra mesa, son puestos a disposición del consumidor bajo una lógica perversa. Imaginemos que un fabricante de salchichas descubre algo inquietante: sus ventas no dependen de la calidad de sus ingredientes. Ya sea por lealtad de marca, falta de alternativas, marketing efectivo o simple desconocimiento del consumidor, sus productos se venden igual si usa carne de primera que si rellena las tripas con despojos, harinas, grasas de baja calidad y aditivos baratos.

¿Qué hará este fabricante si actúa según la racionalidad económica pura? La respuesta es tan obvia como desalentadora: reducirá la calidad al mínimo permitido (o incluso menos, si puede evitar controles). No hará esto por una maldad innata, sino porque el mercado le está enviando una señal clara: "La calidad no importa, solo el precio de coste".

Si puede vender cada salchicha al mismo precio, pero fabricarla por la mitad de coste, duplica su margen de beneficio. Desde la lógica del balance financiero, sería irracional hacer lo contrario. El mercado, en este caso, no castiga la mediocridad; la premia.

El criterio basado en el argumentum ad populum —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace— infecta tanto a consumidores como a mercados. Si millones de personas compran un producto, debe ser bueno, ¿verdad? No necesariamente.

La popularidad puede deberse a múltiples factores que nada tienen que ver con la calidad: potentes campañas publicitarias, conveniencia, precio bajo, hábito, falta de información o ausencia de alternativas accesibles. En muchos casos, el consumidor ni siquiera sabe qué es lo que está comprando realmente. ¿Cuántos leen la letra pequeña de los ingredientes? ¿Cuántos entienden lo que leen?

Esta asimetría de información crea un terreno fértil para que prolifere lo mediocre. Si nadie castiga con su bolsillo la baja calidad porque nadie la detecta o nadie tiene mejor opción, el mercado no autocorregirá nada.

Las fallas del mercado autoregulado

Los defensores del libre mercado argumentan que la competencia elimina naturalmente a los malos productos. En teoría, los consumidores informados premiarán la calidad y castigarán la mediocridad hasta expulsarla del mercado. Es una bonita idea que choca contra varias realidades:

Primero, los consumidores rara vez están perfectamente informados. La información tiene costes (tiempo, conocimiento técnico, acceso) que no todos pueden asumir. ¿Hasta qué punto debería investigar alguien antes de comprar unas salchichas para la cena?

Segundo, existen externalidades no visibles de inmediato. Las consecuencias de consumir productos de baja calidad (problemas de salud, deterioro ambiental) pueden tardar años en manifestarse, cuando ya es demasiado tarde para que el mercado reaccione.

Tercero, en muchos sectores existen oligopolios o monopolios de facto. Si todas las marcas disponibles usan ingredientes similares de baja calidad, ¿dónde está la opción de castigar con el consumo?

Cuarto, el marketing puede fabricar percepciones de calidad completamente desconectadas de la realidad. Una imagen de campos verdes y vacas felices no garantiza que el contenido del envase corresponda con esa pastoral fantasía.

Por qué existen las regulaciones

Aquí es donde entran las regulaciones sanitarias, los estándares de calidad obligatorios, el etiquetado transparente y los organismos de control. No son caprichos burocráticos ni ataques a la libertad empresarial, sino reconocimientos de que el mercado, por sí solo, puede fallar estrepitosamente en proteger el interés público.

Las regulaciones establecen un suelo mínimo: "No importa cuánto quieras ahorrar, no puedes poner esto en un alimento". Sin ese suelo, la carrera hacia el fondo no tendría límite. La lógica del beneficio máximo, sin contrapesos, nos llevaría exactamente al escenario de nuestro fabricante de salchichas: ingredientes cada vez peores mientras las ventas se mantengan.

Porque, al final, la confianza ciega en que "un millón de moscas no puede equivocarse" ignora un detalle fundamental: las moscas no eligen basándose en lo que es bueno para ellas a largo plazo, sino en estímulos inmediatos. Y nosotros, con frecuencia, tampoco.

El consumidor como último guardián

Esto no exime de responsabilidad al consumidor. La información existe, aunque requiera esfuerzo accederla y procesarla. Existen etiquetas, estudios, organizaciones de consumidores, análisis independientes. La diferencia entre una compra consciente y una automática puede estar en cinco minutos de lectura.

Pero exigir que cada consumidor se convierta en un experto en nutrición, química alimentaria y cadenas de suministro para cada producto que compra es, sencillamente, irreal. De ahí que necesitemos sistemas de verificación colectiva: regulaciones que establezcan mínimos, certificaciones fiables, y sí, también un mercado que premie la calidad cuando está adecuadamente informado.

Conclusión: más allá de las moscas

El eslogan de las moscas nos recuerda que la verdad no se establece por votación, ni la calidad se garantiza por popularidad. Un mercado puede funcionar maravillosamente bien para distribuir recursos y generar innovación, pero solo cuando los incentivos están alineados correctamente.

Cuando un fabricante puede ganar más vendiendo peor, cuando el consumidor no puede distinguir entre lo bueno y lo malo, cuando la popularidad se construye con publicidad en lugar de mérito, el mercado no nos lleva hacia la excelencia. Nos lleva, literal y metafóricamente, hacia la mierda.

La solución no es renunciar al mercado, sino enmarcarlo con regulaciones sensatas, alimentarlo con información transparente y cultivar consumidores críticos. Tal vez un millón de moscas no se equivoque alimentándose de basura, puesto que ese es el nicho dentro del cual prospera su especie. La cuestión es si nosotros, humanos, vamos a seguir comiendo la mierda que nos venden otros miembros de nuestra propia especie.