sábado, 28 de febrero de 2026

El “torero” que el 23-F asaltó el Parlamento español pistola en mano muere el mismo día en que se publica la documentación secreta sobre el golpe


Manuel P. Barriopedro (EFE)

                                                              Antonio Tejero Molina, el teniente coronel de la Guardia Civil cuya imagen se convirtió en el icono del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, ha muerto a los 93 años. El óbito coincidió de manera simbólica con la fecha en que el Gobierno de España hizo pública la desclasificación de los documentos secretos del golpe. El 23-F, la entrada de Tejero pistola en mano en el hemiciclo del Congreso de los Diputados al grito de “¡quieto todo el mundo!” suscitó el equívoco del reportero de la agencia sueca Tidningarnas Telegrambyrå:  "Un torero asalta el Parlamento español"


El pasado 24 de febrero de 2026, el Consejo de ministros aprobó la desclasificación de documentación relativa al intento de golpe de Estado que tuvo lugar en España el 23 de febrero de 1981. Se trata de "153 unidades documentales" que durante décadas han permanecido clasificadas como secretas y que a partir de ahora podrán "ser consultadas por historiadores, por investigadores y por la propia ciudadanía a través de los canales oficiales". Los documentos se hicieron públicos tras aparecer la orden en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 25 de febrero y se accede a ellos en la página web oficial de La Moncloa.

En esa misma fecha falleció el ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina a los 93 años de edad. Su muerte ocurrió en un hospital de Alzira (Valencia). Murió apenas dos días después del 45.º aniversario del intento de golpe de Estado de 1981 que él mismo encabezó. Desde la perspectiva de un reportero de la agencia sueca Tidningarnas Telegrambyrå, la escena sugería la ligura de un torero asaltando el Parlamento español.

Así lo cuenta el historiador, Gabriel Cardona, en su libro A golpes de sable (2008). "En la noche del 23 de febrero de 1981, un despistado periodista sueco recibió una fotografía de agencia donde se veía a Tejero, conminatorio y pistola en mano, en el salón de sesiones del Congreso. El sueco, sin otras informaciones aclaratorias, miró el aparente tricornio y compuso un titular apresurado

Para un observador extranjero no muy familiarizado con los uniformes españoles de la época, la forma del tricornio (visto de frente o de lado en imágenes de baja calidad) guardaba un parecido visual con la montera que usan los toreros. En aquel momento, la imagen internacional de España seguía muy ligada a los tópicos de la tauromaquia, lo que facilitó que el periodista interpretara la "representación" como una "corrida" política. 

Aunque el error original fue sueco, medios estadounidenses como The New York Times o la revista Time dieron una cobertura masiva al evento. En sus crónicas, a menudo describían el atuendo de Tejero como algo exótico o "pintoresco", refiriéndose al tricornio como un "patent leather tricorn hat" (sombrero de tricornio de charol), explicando a sus lectores que era el símbolo de una fuerza policial paramilitar. 

Curiosamente, tras el asalto al Capitolio de EE. UU. en 2021, muchos medios españoles compararon al "Chamán de QAnon" (con su gorro de piel y cuernos) con la figura de Tejero y su tricornio, cerrando el círculo de comparaciones entre asaltos al congreso y sombreros llamativos.

En una suerte de justicia poética, a la coincidencia de fechas entre la muerte de Tejero la salida a la luz de los documentos que habían permanecido secretos hasta ahora, entre ellos la transcripción de algunas conversaciones telefónicas que fueron intervenidas aquella noche, hace honor a la célebre frase de Karl Marx: "la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa".


Porque aquella fatídica noche, con tanta confusión, nervios y proliferación de armas, hubo momentos susceptibles de un desenlace trágico. Por ejemplo, cuando un guardia civil señala su metralleta y advierte a los diputados que no se muevan: «Tranquilos, señores; al próximo movimiento de manos se mueve esto, ¿eh? Los de las manitas esas, tranquilos. Eso cuando estén solos».

O cuando el general Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil, acude al Congreso y se dirige al cabecilla de los golpistas: «¡Tejero, deponga su actitud y entréguese acabando de una vez esta locura!». Pero Tejero le ha respondido: «Mi general, estoy dispuesto a todo y, antes de entregarme, primero le mato y después me pego un tiro». Aramburu ha hecho ademán de sacar su pistola, pero uno de sus ayudantes se lo ha impedido, porque los hombres de Tejero le han apuntado con sus fusiles.

Cuarenta y cinco años después de aquel "instante", empleando la terminología de Javier Cercas, algunas de esas conversaciones, como las mantenidas por la esposa de Tejero, Carmen Díez, escuchadas hoy, reviven el "instante" como farsa.

La esposa de Tejero se refirió al militar como “tonto” o “desgraciao” decenas de veces el 23-F: “Lo han dejado tirao como una colilla”. En otra llamada, Carmen Díez habla con otra mujer, Herminia, a quien dice: “¿Has visto qué asco? Me lo han dejao tirao como una colilla. Me lo han dejao solo, me lo han engañao”. En una llamada a su hijo, Carmen le dice a este que ha oído en televisión que Antonio Tejero asume toda la responsabilidad y exclama “¡Qué jilipuertas es!”, concluye de nuevo la mujer:

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jueves, 29 de enero de 2026

"Un millón de moscas no puede equivocarse, comamos mierda".

 

 Aunque suene brutal, este satírico eslogan encierra una verdad incómoda sobre el funcionamiento de los mercados cuando se desconectan de la calidad y se guían únicamente por la popularidad o la inercia del consumo masivo.  El criterio basado en el argumentum ad populum  —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace—  infecta tanto a consumidores como a mercados.

Una gran cantidad de bienes, servicios, y por desgracia muchos de los alimentos que llegan a nuestra mesa, son puestos a disposición del consumidor bajo una lógica perversa. Imaginemos que un fabricante de salchichas descubre algo inquietante: sus ventas no dependen de la calidad de sus ingredientes. Ya sea por lealtad de marca, falta de alternativas, marketing efectivo o simple desconocimiento del consumidor, sus productos se venden igual si usa carne de primera que si rellena las tripas con despojos, harinas, grasas de baja calidad y aditivos baratos.

¿Qué hará este fabricante si actúa según la racionalidad económica pura? La respuesta es tan obvia como desalentadora: reducirá la calidad al mínimo permitido (o incluso menos, si puede evitar controles). No hará esto por una maldad innata, sino porque el mercado le está enviando una señal clara: "La calidad no importa, solo el precio de coste".

Si puede vender cada salchicha al mismo precio, pero fabricarla por la mitad de coste, duplica su margen de beneficio. Desde la lógica del balance financiero, sería irracional hacer lo contrario. El mercado, en este caso, no castiga la mediocridad; la premia.

El criterio basado en el argumentum ad populum —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace— infecta tanto a consumidores como a mercados. Si millones de personas compran un producto, debe ser bueno, ¿verdad? No necesariamente.

La popularidad puede deberse a múltiples factores que nada tienen que ver con la calidad: potentes campañas publicitarias, conveniencia, precio bajo, hábito, falta de información o ausencia de alternativas accesibles. En muchos casos, el consumidor ni siquiera sabe qué es lo que está comprando realmente. ¿Cuántos leen la letra pequeña de los ingredientes? ¿Cuántos entienden lo que leen?

Esta asimetría de información crea un terreno fértil para que prolifere lo mediocre. Si nadie castiga con su bolsillo la baja calidad porque nadie la detecta o nadie tiene mejor opción, el mercado no autocorregirá nada.

Las fallas del mercado autoregulado

Los defensores del libre mercado argumentan que la competencia elimina naturalmente a los malos productos. En teoría, los consumidores informados premiarán la calidad y castigarán la mediocridad hasta expulsarla del mercado. Es una bonita idea que choca contra varias realidades:

Primero, los consumidores rara vez están perfectamente informados. La información tiene costes (tiempo, conocimiento técnico, acceso) que no todos pueden asumir. ¿Hasta qué punto debería investigar alguien antes de comprar unas salchichas para la cena?

Segundo, existen externalidades no visibles de inmediato. Las consecuencias de consumir productos de baja calidad (problemas de salud, deterioro ambiental) pueden tardar años en manifestarse, cuando ya es demasiado tarde para que el mercado reaccione.

Tercero, en muchos sectores existen oligopolios o monopolios de facto. Si todas las marcas disponibles usan ingredientes similares de baja calidad, ¿dónde está la opción de castigar con el consumo?

Cuarto, el marketing puede fabricar percepciones de calidad completamente desconectadas de la realidad. Una imagen de campos verdes y vacas felices no garantiza que el contenido del envase corresponda con esa pastoral fantasía.

Por qué existen las regulaciones

Aquí es donde entran las regulaciones sanitarias, los estándares de calidad obligatorios, el etiquetado transparente y los organismos de control. No son caprichos burocráticos ni ataques a la libertad empresarial, sino reconocimientos de que el mercado, por sí solo, puede fallar estrepitosamente en proteger el interés público.

Las regulaciones establecen un suelo mínimo: "No importa cuánto quieras ahorrar, no puedes poner esto en un alimento". Sin ese suelo, la carrera hacia el fondo no tendría límite. La lógica del beneficio máximo, sin contrapesos, nos llevaría exactamente al escenario de nuestro fabricante de salchichas: ingredientes cada vez peores mientras las ventas se mantengan.

Porque, al final, la confianza ciega en que "un millón de moscas no puede equivocarse" ignora un detalle fundamental: las moscas no eligen basándose en lo que es bueno para ellas a largo plazo, sino en estímulos inmediatos. Y nosotros, con frecuencia, tampoco.

El consumidor como último guardián

Esto no exime de responsabilidad al consumidor. La información existe, aunque requiera esfuerzo accederla y procesarla. Existen etiquetas, estudios, organizaciones de consumidores, análisis independientes. La diferencia entre una compra consciente y una automática puede estar en cinco minutos de lectura.

Pero exigir que cada consumidor se convierta en un experto en nutrición, química alimentaria y cadenas de suministro para cada producto que compra es, sencillamente, irreal. De ahí que necesitemos sistemas de verificación colectiva: regulaciones que establezcan mínimos, certificaciones fiables, y sí, también un mercado que premie la calidad cuando está adecuadamente informado.

Conclusión: más allá de las moscas

El eslogan de las moscas nos recuerda que la verdad no se establece por votación, ni la calidad se garantiza por popularidad. Un mercado puede funcionar maravillosamente bien para distribuir recursos y generar innovación, pero solo cuando los incentivos están alineados correctamente.

Cuando un fabricante puede ganar más vendiendo peor, cuando el consumidor no puede distinguir entre lo bueno y lo malo, cuando la popularidad se construye con publicidad en lugar de mérito, el mercado no nos lleva hacia la excelencia. Nos lleva, literal y metafóricamente, hacia la mierda.

La solución no es renunciar al mercado, sino enmarcarlo con regulaciones sensatas, alimentarlo con información transparente y cultivar consumidores críticos. Tal vez un millón de moscas no se equivoque alimentándose de basura, puesto que ese es el nicho dentro del cual prospera su especie. La cuestión es si nosotros, humanos, vamos a seguir comiendo la mierda que nos venden otros miembros de nuestra propia especie.