lunes, 3 de mayo de 2021

Votaremos 'in memoriam'

 


El 4 de mayo, en Madrid, a la hora de acercarnos a las urnas estará presente el eco de esas muertes habidas en las residencias de ancianos que los estrategas de campaña del Partido Popular han intentado acallar con sus eslóganes simplistas. Muertes que afectan no sólo a los allegados. También a quienes somos conscientes de que, sin unos servicios de salud adecuados, las campanas pueden doblar por cualquiera de nosotros mañana mismo.


Lo mejor que se puede decir de la campaña electoral "a la madrileña" que acabamos de sufrir la gente con un mínimo sentido de la racionalidad y la decencia es que ha llegado a su fin.

La jornada de reflexión previa a la apertura de las urnas establecida por la Ley Electoral española resulta comparable a la de Francia, Portugal o Italia. Mientras que hay países que permiten que las formaciones políticas sigan en campaña hasta el último día de los comicios, e incluso se permita el reparto de propaganda en la misma puerta de los colegios electorales. No tengo una opinión clara al respecto, pero a la vista de cómo se han comportado aquí algunos partidos políticos, muchos vemos con alivio que esta pausa sirve, al menos, para ahorrarnos un día escuchando eslóganes que nada tienen que ver con lo que los habitantes de la Comunidad Autónoma de Madrid nos estamos jugando. 

Porque lo que de verdad está en juego es la calidad de los servicios públicos. En nuestra mano está perpetuar o modificar situaciones como la que atraviesan los centros de salud de la Comunidad de Madrid, tan colapsados y faltos de personal que lo habitual cuando se pide una cita es recibir este mensaje: "No se encontraron citas en los 14 días siguientes"Y es que, desde los tiempos de Esperanza Aguirre, la política sanitaria del Partido Popular consiste en una vampirización del patrimonio público hospitalario, que está siendo desmantelado en beneficio de grupos de interés privado

De nuestro voto depende poner fin al deterioro de los servicios públicos esenciales. La Comunidad de Madrid (1.224 euros por habitante) junto con la de Andalucía (1.110 euros por habitante) se sitúan a la cola del resto de comunidades en cuanto al gasto sanitario público. Asimismo, Madrid es la región que menos gasto público consigna por alumno de España. Un estudio de la Fundación BBVA que analiza el periodo 2000-2016. País Vasco ha destinado en ese periodo un 63% más que Madrid.

Según informa Infolibre, la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales daba en 2019 a la región madrileña la peor nota de todas al evaluar sus servicios sociales. La ratio de trabajadores sociales por persona en Madrid es aterradora comparada con la media nacional: mientras en España hay un técnico empleado en el sector por cada 2.348 habitantes, en Madrid hay un trabajador por cada 8.354 residentes.

Sobre todas estas cuestiones, la derecha, con sus provocaciones de corte fascistoide (Vox) o populachero  (Partido Popular), ha conseguido que no se hable en campaña. Y que, salvo el meritorio esfuerzo llevado a cabo por Mónica García (Más Madrid) para situar sobre el tablero las atroces carencias de los servicios sociales en Madrid, la izquierda haya entrado al trapo de eslóganes de feria como "comunismo o libertad".

Eslóganes cuyo vacío de significado se evidencia cuando la concepción que tiene el PP de libertad viene asociada no a las más elevadas aspiraciones humanas sino a algo tan trivial como tomar cañas. De cerveza, se supone, porque en esta ocasión se echa en falta que el partido más populachero de España no haya reivindicado uno de sus célebres gritos de guerra. Me refiero al lanzado por Mariano Rajoy, el último de los presidentes que el partido populachero logró colocar en el Gobierno de la Nación: Viva el vino. Por cierto, Madrid es la única autonomía que no ha repartido ayudas a sus hosteleros.

Un eslogan se define como: "Fórmula breve y original, utilizada para publicidad, propaganda política, etc." (RAE). Derivada del inglés slogan, por su origen es un grito de guerra: sluagh-ghairm.

Elias Canetti, en Masa y Poder, señala cómo el nombre que recibe ese 'grito de guerra' destinado a movilizar a nuestras masas modernas proviene del que lanzaban los ejércitos de muertos de las Highlands. En efecto, entre las creencias de los celtas de las Tierras Altas escocesas figuraba la existencia de ejércitos invisibles formados por los espíritus de los muertos. La presencia de estos ejércitos invisibles se podía advertir por su grito de guerra o sluagh-ghairm [sluagh, 'multitud de espíritus'; ghairm, 'grito', 'llamada'] que acabaría convirtiéndose en slogan.

Mañana, 4 de mayo de 2021, la ciudadanía de la Comunidad de Madrid está convocada ante las urnas por una decisión caprichosa de la hasta ahora presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso. Responsable máxima de esa triste forma de morir a la madrileña que es hacerlo en un sistema sanitario colapsado que registró más de 6.000 fallecimientos en las residencias de ancianos. De ellos, 4.200 en marzo de 2020, que fueron rechazados en los hospitales siguiendo las instrucciones del equipo de gobierno capitaneado por Díaz Ayuso.

Una dirigente que ha esgrimido sus eslóganes simplistas como un grito de guerra, de ataque redoblado al servicio público de salud. Un grito de guerra que no puede evitar que se extinga del todo el eco de los que han muerto por su estúpida forma de gobernar.

Eco que estará presente a la hora de acercarnos a las urnas, pues, aunque no seamos allegados directos, esas muertes nos afectan a todas las personas conscientes de que, sin unos servicios de salud adecuados, sin una protección social que corrija la desigualdad, cualquier día, mañana mismo las campanas pueden doblar por cualquiera de nosotros.


  Las campanas doblan por ti


¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?

¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?

¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

 Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.

Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

                    John Donne. (Londres, 1572 - id., 1631)






martes, 27 de abril de 2021

Morir a la madrileña


                                                                                                                          George Grosz
 

Los cadáveres de ancianos contagiados de Covid 19, a los que una orden del gobierno de Isabel Ayuso denegó asistencia en los hospitales, se amontonaron durante días en las residencias. Madrid se encuentra a la cabeza de los fallecidos por la contaminación. Y ese Partido Popular, que se mofa de quienes aguardan ayuda en las colas del hambre, cierra la campaña de su candidata con un espectáculo de tortura y muerte animal. Tales son algunas formas de morir a la madrileña. 


Cada región, cada ciudad de España tiene sus peculiares idiotismos (RAE: Giro o expresión propios de una lengua que no se ajustan a las reglas gramaticales). Encontraremos un buen repertorio de los idiotismos madrileños en los diálogos del sainete lírico La Verbena de la Paloma, como la advertencia que la señá Rita le hace al celoso cajista: 'Julián, que tiés madre'. Aparte de idiotismos, en Madriz tenemos también un puñado de idiotas, entre ellos, los creadores del no por absurdo menos célebre eslogan con el que la candidata del Partido Popular concurre a las inmediatas elecciones regionales: libertad.

Libertad es una categoría vacía mientras no se delimita su alcance. Pues hasta los mayores opresores se permiten la desfachatez de usar la palabra libertad justo cuando la violentan. “España, una, grande y libre” fue la divisa de la dictadura franquista que privó de libertad a miles de españoles encerrándoles en la cárcel. En el peor de los casos, muchos de ellos acabaron su vida fusilados ante un paredón por mantener fidelidad a la causa republicana y a las libertades civiles.

La filosofía establece una clásica distinción cualitativa entre la libertad negativa —libertad "de"— y la libertad positiva —libertad "para"—. En su acepción negativa, libertad "de" significa negación de la dependencia respecto de algo, inmunidad frente a determinación exterior, o frente a la imposición desde fuera a hacer algo que coarta la propia espontaneidad. Por ejemplo, libertad de expresión equivale al derecho de manifestar, defender y propagar las opiniones propias, sin encontrar trabas.

En su acepción positiva, libertad "para" se refiere a la capacidad del individuo para hacer algo por sí mismo. Cuando se habla de políticas concretas, libertad debe ser algo más que una palabra mágica. Una sociedad solo podrá considerarse libre, cuando sea capaz de crear condiciones que aseguren libertad real a todos sus integrantes otorgando, por ejemplo, una renta básica universal que garantice las condiciones materiales de igualdad de oportunidades "para" hacer o dejar de hacer algo.

Freiheit, schöner Götterfunken (libertad, hermoso tesoro de los dioses) leemos en la Oda a la libertad (Au die Freiheit) de Friedrich Schiller. En boca de los poetas, la palabra libertad es capaz de suscitar profundas emociones. Sensibilidad del espíritu que desaparece en una nebulosa alcohólica cuando la encargada de responder a la crucial pregunta: libertad ¿para qué? es la candidata del Partido Popular (PP). Libertad para tomar cañas en los bares, concluye, definiendo desde su cosmovisión provinciana que ese es el eje en torno al cual gira la forma de "vivir a la madrileña".

Desde una perspectiva metafísica, vivir conduce a un final inexorable. Así lo expresan las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (c. 1440-1479): Nuestras vidas son los ríos que / van a dar a la mar / que es el morir. Y puesto que hay que morir, lo deseable es hacerlo en paz, no de la tremenda  manera de irnos de este mundo que significa "morir a la madrileña" desatendidos por los sucesivos gobiernos del Partido Popular.

Morir a la madrileña en las residencias de ancianos 

Durante el periodo más álgido del contagio por el Covid19, millares de personas murieron en Madrid. La mayoría de ellos, personas de avanzada edad que, a mediados de marzo de 2020, quedaron atrapadas en las residencias sin recibir atención médica. Por supuesto que la pandemia pilló desprevenidos a todos los gobiernos mundiales. Al principio, todos tuvieron que improvisar medidas para hacerle frente. Pero el gobierno regional presidido por Isabel Ayuso tomó una de las medidas más crueles que cabría esperar hacia la gente más débil. Los responsables de Salud redactaron un protocolo de admisión en los hospitales en virtud del cual se negó el traslado a ellos de los ancianos residentes en geriátricos contagiados por el virus.[i]

Un protocolo que establece denegar la cama a quienes más riesgo de morir tienen, asignándola al paciente que más pueda beneficiarse del tratamiento, puede explicarse tal vez en una situación de guerra. Pero resulta moralmente inaceptable aplicarla en el seno de un país desarrollado. Estas personas vieron llegar el final de sus vidas en las más espeluznantes condiciones de soledad y desatención médica que se puedan imaginar. Cadáveres abandonados en las habitaciones es lo que encontraron los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias cuando, por fin, lograron entrar a las residencias.

El idiotismo lingüístico se convierte en idiotez moral cuando, en pleno siglo XXI, la madre del cajista que invoca la señá Rita o don Rodrigo Manrique, el padre de las sentidas coplas que le dedica su hijo Jorge, habrían muerto de una forma sórdida. Abandonados en sus últimos estertores por la política dictada por los idiotas morales que tenían en ese momento el timón del gobierno de la Comunidad de Madrid.

Madrid, la ciudad europea con más muertes por contaminación de los coches

La contaminación ambiental del aire es una de las principales causas de morbilidad y mortalidad en todo el mundo. Un estudio de impacto en salud ha estimado la carga de mortalidad atribuible a la contaminación del aire en más de 1.000 ciudades europeas. La investigación, publicada en The Lancet Planetary Health, incluye un ranking de las ciudades europeas con mayor mortalidad atribuible a cada uno de los dos contaminantes del aire estudiados: partículas finas (PM2,5) y dióxido de nitrógeno (NO2). Por lo que respecta a este último factor, el área metropolitana de Madrid lidera el ranking de muertes evitables asociadas al NO2 entre las cerca de 1.000 ciudades estudiadas.

Sabedor de tal amenaza para la salud de la población, un gobernante responsable procuraría adoptar las medidas más adecuadas para reducir la mortalidad asociada a la contaminación. Pero un idiota moral lo que hace es dedicarse a sus cosas, que en el caso del PP suelen ser asuntos bastante turbios, como demuestra la experiencia. Desde el mismo momento de ser nombrado candidato a la Alcaldía de Madrid, José Luis Martínez-Almeida se ponía como prioridad terminar con la zona de bajas emisiones. "Lo primero, acabar con Madrid Central", dijo en una entrevista con El Independiente el 20 de enero de 2019. "Con Almeida, Madrid central se acaba el 26 de mayo", decían los carteles electorales con los que el PP empapeló por toda la ciudad. Una vez en la Alcaldía, los tribunales de justicia se encargaron de frustrar sus planes,

De nuevo, el discurso de los populares emplea la palabra libertad con una finalidad torticera: Almeida defendió que los madrileños tenían derecho "a circular con libertad" por la ciudad. Misión en la que fue respaldado por Díaz Ayuso, en cuya opinión, "los atascos a las tres de la mañana un sábado" en la capital le hacían ver a los madrileños que su ciudad era especial. "Era parte de la vida de Madrid".

Malvivir en las colas del hambre

La agencia de las Naciones Unidas que lidera el esfuerzo internacional para poner fin al hambre (FAO)[ii] define el hambre como "una sensación física incómoda o dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria. Se vuelve crónica cuando la persona no consume una cantidad suficiente de calorías (energía alimentaria) de forma regular para llevar una vida normal, activa y saludable".

Hoy en día, se estima que casi 690 millones de personas pasan hambre en el mundo. En países los países extremadamente pobres, poblaciones enteras pueden verse sometidas a los estragos de la hambruna. Por contraste, en sociedades desarrolladas como la nuestra hay excedentes de alimentos, por lo tanto, nadie debería morir físicamente de hambre. Eso no significa que todas las personas que la habitan tengan la capacidad adquisitiva suficiente para conseguir alimentos. 

Las sucesivas crisis económicas provocadas por la locura financiera de 2008 y la actual pandemia, unidas a un insuficiente sistema de protección social, han situado a mucha gente en una situación límite. Gente abocada a implorar el auxilio de diversas organizaciones que, movidas por impulsos de orden caritativo o solidario, recolectan alimentos y los distribuyen entre los necesitados. Ante sus sedes aguardan los necesitados, dando lugar al fenómeno urbano de las colas del hambre que integran uno de los aspectos más desgarradores de la realidad madrileña.

Gracias a la distribución de alimentos básicos, la gente atendida por estas organizaciones no se muere literalmente de hambre, pero sufren lo que la FAO denomina inseguridad alimentaria. Es decir, la que padece una persona cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable. Esto puede deberse a la falta de disponibilidad de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos.[iii]

Pues bien, estas personas que en situación de extrema necesidad e inseguridad alimentaria tienen que acudir a las colas del hambre reciben la calificación de "mantenidos subvencionados" por parte de la presidenta en funciones del gobierno de la Comunidad de Madrid. Según Ayuso, los candidatos de izquierda "Necesitan Madrid para seguir con su hoja de ruta que es romper España, dividirla territorialmente y crear ciudadanos de primera y de segunda. De segunda, los mantenidos subvencionados que ellos crean como las colas del hambre para que la gente dependa de ellos".

Resurrección del casticismo: Pan y toros

 […]desde hace tiempo, exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo; ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y circo. Juvenal, Sátira X.

Con esta expresión, panem et circenses, pan y circo,se refiere el poeta romano Juvenal (60-128) a las distribuciones gratuitas de trigo (leyes Frumentaria y Congiaria) que, junto a los espectáculos del circo, se organizaban desde el poder para mantener distraída a la plebe de Roma. En España, la reacción absolutista de Fernando VII contra las reformas inspiradas en la Ilustración europea dio nuevo impulso a las corridas de toros, dando lugar a que los críticos con el casticismo embrutecedor del pueblo, parafraseando a Juvenal, acuñaran la expresión 'pan y toros' para describir la fiesta de los toros como una diversión que halaga las bajas pasiones del pueblo llano y amortigua los conflictos sociales.

Ahora, y con el dinero de todos los contribuyentes, la candidata del PP organiza una corrida de toros que tendrá lugar el 2 de mayo, fiesta oficial de la Comunidad. Cerrando así su campaña con un broche casticista que deja por los suelos su concepto de libertad. "Donde hay toros, hay libertad, ha declarado".  

En Madrid, mientras el gobierno regional del PP, el partido más corrupto de actual escenario político de España, niega el pan a la gente obligada a pedirlo en las colas del hambre, su candidata a renovar el mandato alienta la muerte y tortura animal para excitar las más bajas pasiones de sus seguidores.

Toros de lidia, corolario de lo que significa morir a la madrileña. 




[i]  Siete de cada diez muertes de mayores de residencias de Madrid en la primera ola de coronavirus se produjeron dentro de los geriátricos, donde en muchos casos no había medios para curarles ni las condiciones dignas para que tuvieran una buena muerte. Son datos de la propia Comunidad de Madrid y contradicen la cifra que ha repetido durante la campaña del 4-M la presidenta, Isabel Díaz Ayuso, según la cual siete de cada diez mayores de residencias murieron en hospitales. Realmente fue a la inversa. Murieron 11.389 mayores que vivían en residencias, de los cuales 8.338 no fueron trasladados a un hospital, según los datos de la propia Comunidad de Madrid.

[ii] Food and Agriculture Organization (FAO)

[iii] Mientras que muchas personas pueden no estar hambrientas –en el sentido de sufrir molestias físicas causadas por una falta severa de energía alimentaria–, pueden estar en situación de inseguridad alimentaria. Puede que cuenten con acceso a alimentos para satisfacer sus necesidades energéticas, pero no están seguros de que vayan a durar, o pueden verse obligados a reducir la calidad y/o cantidad de los alimentos que consumen para poder sobrevivir. Este nivel moderado de inseguridad alimentaria puede contribuir a diversas formas de malnutrición y tener graves consecuencias en la salud y el bienestar de las personas. 

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martes, 20 de abril de 2021

Imagina tu vida con una renta básica

La esencia de la idea del ingreso incondicional garantizado “es que todas las personas, trabajen o no, deben tener el derecho incondicional de no morir de hambre ni carecer de techo. Recibirán solo lo que necesitan básicamente para mantenerse, pero no recibirán menos”

 Erich Fromm

El ingreso garantizado es una propuesta destinada a prevenir la pobreza antes de que ésta afecte a una persona sobre todo por la falta de empleo, la única mercancía que el sistema de mercado es incapaz de suministrar a toda la población. Asignar a todo el mundo una renta mínima sería mucho más eficaz, en términos de ahorro de sufrimiento social y complejidad administrativa, que las ayudas que hoy, con gran cicatería, conceden los servicios sociales a la gente obligada a demostrar que se encuentra en situación de pobreza.

En opinión del filósofo humanista y psicólogo social Erich Fromm (1900-1980) “El campo de la libertad personal se ampliaría enormemente con esta ley [del ingreso garantizado]; una persona que es económicamente dependiente (de un padre, de un esposo, de un jefe) ya no se vería obligada a someterse a la extorsión del hambre. […] La burocracia aún 'administra' a la gente, aún la domina y la humilla; pero el ingreso garantizado no requeriría ninguna prueba de necesidad por parte de una persona para obtener un techo sencillo y un mínimo de alimentos. Por esto no se necesitaría una burocracia (con su inherente desperdicio y sus violaciones a la dignidad humana) para administrar un programa de seguridad social. El ingreso anual garantizado aseguraría una libertad y una independencia reales”.  


 


Ver artículo:  Renta básica universal: La peor de las soluciones (a excepción de todas las demás)

 


miércoles, 14 de abril de 2021

14 de abril. La última esperanza

 

Quien ve con suficiente claridad que la multitud está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado ningún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás […]

Platón. La República.

                               

Me sorprendió el estado de alarma en pleno regreso de un viaje de ida y vuelta Madrid -Senegal en coche. El 27 de marzo de 2020 llegaba a esta ciudad sumida en el confinamiento domiciliario decretado por el estado de alarma, y como ciudadano consciente de la gravedad de una pandemia que sembraba la muerte por doquier, cumplí como uno más el largo confinamiento domiciliario en el interior de mi modesta vivienda. Procurando no exponerme al contagio al tiempo que aguardaba el fin del desbordamiento hospitalario en los maltratados servicios madrileños de salud hasta conseguir, a mi vez, recibir tratamiento  para mi proceso oncológico.

Durante el tiempo que duró ese sobrecogedor silencio que se apoderó de las calles y de la distancia en las relaciones sociales no me atreví —salvo por cuestiones muy puntuales—a añadir más entradas a este cuaderno, sabedor de que, no siendo sanitario o miembro de servicios esenciales, todo cuanto yo dijera no dejaría de ser superfluo. Evité, por tanto, hacer méritos para verme yo también concernido en lo que una mano anónima escribió en un muro de Pompeya hace millares de años:

          Admiror te, paries, non cecidisse ruina qui                         tot scriptorium taedia sustineas.

 (Oh, pared, me maravilla que no te hayas hundido bajo el peso de tantas necedades)

A todo esto, escuché o leí con escepticismo a quienes aventuraban ingenuos vaticinios de que las personas saldríamos de esta crisis habiendo mejorado nuestro carácter o nuestro comportamiento.

Hoy, cuando las vacunas creadas por el esfuerzo de los investigadores científicos nos permiten vislumbrar la luz al final del túnel, vuelvo a abrir este cuaderno en el noventa aniversario de uno de los momentos históricos en los que brilló otra luz de esperanza en España: 14 de abril de 1931, cuando la pacífica proclamación de la II República permitió que los españoles de entonces conocieran los principios de libertad, igualdad y fraternidad que constituyen los pilares republicanos. Hasta que los enemigos de esos valores  no tuvieron el menor escrúpulo en derribarlos desatando una guerra civil que costó, al menos, un millón de muertos. Y no todos en el campo de batalla, sino fusilados a mansalva por el bando franquista vencedor, siendo enterrados en fosas comunes que, hasta hoy, no han sido totalmente descubiertas.

Reabro mi cuaderno y constato que mi escepticismo estaba fundado. Porque del túnel pandémico, del que poco a poco, con altibajos y natural impaciencia, con muertos todavía, parece que vamos saliendo, el escenario social no parece haber mejorado gran cosa. Las personas que antes del gran contagio eran educadas y solidarias, educadas y solidarias salen del mismo. Mientras que los hijos de puta, hijos de puta fueron durante el periodo más álgido de la pandemia, e hijos de puta salen de la misma. Y como tal se comportaron mientras la gente moría por millares víctimas del contagio en residencias de ancianos sin asistencia médica, hacinados en viviendas insalubres y en los hospitales mermados en sus recursos materiales y humanos por las políticas de recortes aplicadas a los servicios públicos por una panda de hijos de puta actuando al servicio de los intereses de esa forma de insolidaridad social llamada neoliberalismo.

Y de no ser por ese aniversario de esperanza republicana creo que no hubiera reabierto este cuaderno. Pues mi disposición de ánimo se encuentra al límite del hartazgo ante el espectáculo ofrecido por la mayor parte de la clase política del país. Y en especial de los partidos de la derecha montaraz que, durante la tremenda situación sanitaria y económica provocada por la pandemia, no han tenido otro objetivo que aprovechar cada instante de la terrible coyuntura para intentar derribar al Gobierno. Y digo espectáculo porque ese intento constante de derribo no lo han llevado a cabo mediante lo que sería un ejercicio legítimo y responsable de la política como acción, sino de la política entendida por ellos como esperpento mediático, narcisista y rayano incluso en la horterada cuando se reviste de banderas. Ejercicio que, lo diré una vez más, no les impide exhibir con el mayor descaro un talante de auténticos hijos de puta.

Con todo, lo más triste y desesperanzador del asunto  es que esta mala gente que camina y va apestando la tierra aludida en versos de Antonio Machado no ha aparecido en el escenario político por floración espontánea. Tampoco han sido impuestos a dedo por una dictadura que muchos de ellos la añoran y no se privan en invocar directamente. No, ellos están ahí, apestando la tierra con su voz (vox..., vocem, vocis, voci, voce), su presencia y sus actos: retrasando la curación de las personas enfermas, empobreciendo a las que trabajan y enturbiando el futuro de la juventud precaria. Están ahí, digo, en virtud del procedimiento democrático del que tanto abominan.

       Están ahí porque hay gente que los ha votado.

La gran paradoja de la democracia es que, al mismo tiempo que en su virtud, permite el derecho de todo el mundo a ser elegible y elector, no puede evitar el vicio de que personas moralmente deleznables accedan a la condición de representantes del pueblo. Y sienten sus culos de hijos de puta en los escaños del Parlamento.

Se ha cuestionado mucho el actual sistema electoral vigente en España, cuyo método de asignación de escaños excluye millares de votos, lo cual supone una merma en la legitimidad de los finalmente electos para representar esa numerosa porción de voluntad popular perdida en el sumidero durante el recuento. Sería muy deseable una reforma de la ley electoral que corrigiera esa gran laguna. Pero, por mucha reforma que se aplique, lo que ningún sistema electoral podrá garantizar que quienes lleguen al Parlamento vayan a ser los más honrados, competentes y bienintencionados en el manejo de la res pública.

Porque, repito, esta ralea de espurios representantes del pueblo están ahí porque hay gente que los ha votado. Viven entre nosotros, pasean por las mismas calles de la ciudad por las que paseamos nosotros, son nuestros vecinos. Lo cual hace que seamos cada vez más quienes experimentamos un sentimiento de absoluta desesperanza respecto a las posibilidades de progreso moral y solidario de la sociedad en la que vivimos. Escribo, por tanto, estas líneas mientras desde hace tiempo martillean en mi ánimo las palabras de un revelador pasaje leído en la República de Platón. 

Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado ningún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus fechorías sin ser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas… Y, como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un paredón para resguardarse de la lluvia y polvareda arrastradas por el viento; y contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas esperanzas.(1)

Con mayor dificultad cada día, hago frente a esa tentación de apartarme de cualquier forma de activismo social asiéndome al célebre lema de Romain  Rolland que contrapone el pesimismo de la razón al optimismo de la voluntad.(2) 

Y si aún me queda un resto de voluntario optimismo para hacer frente al pesimismo racional, en un día como el de hoy es en atención a lo que Unamuno llamó la intrahistoria, es decir, “la vida callada de los millones de hombres sin historia” que con su labor diaria ha hecho la historia más profunda. De los millones de hombres y mujeres que, al margen del griterío de los profesionales de la intoxicación mediática y política, han permanecido en sus puestos: sanitarios, funcionarios, transportistas, empleados en los establecimientos de alimentación, limpieza y servicios en general, muchos de ellos con contratos de auténtica precariedad, que permiten que este país funcione en el día a día de la inacabada pandemia. 

Somos muchos quienes aspiramos a ver restaurada en España la república, una forma de Estado que en principio aparece más natural, justa y participativa, más actual y sin hipotecas dinásticas ni religiosas. No obstante, el mero nominalismo no debiera engañarnos, pues no todos los estados que ostentan el nombre de república son democráticos.

Algunos, como es el caso de las repúblicas islámicas, adoptan este nombre para indicar que no son monarquías, pero la máxima autoridad no es elegida por el pueblo, sino nombrada por consejos de notables, a menudo oligárquicos e incluso familiares. Y ello sin hablar de los Estados Unidos de América del Norte, la primera república de la historia moderna, pero cuya organización política no ha impedido que llegaran a la presidencia tipos atrabiliarios como Trump. Ni que sus policías sean capaces de matar a un detenido indefenso.

Conservo una leve esperanza en que el disparatado nuevo proceso electoral en que esta impresentable clase política ha sumido a la ciudadanía de la región madrileña lleve hasta las urnas el voto sensato de esa ciudadanía que vive de forma callada limpiando la tierra que otros apestan. La construcción de una república precisa de un terreno de juego limpio de basura ideológica. Un suelo donde pueda florecer el diálogo serio que exige una auténtica democracia.


Viñeta de Manel Fontdevila en Eldiario.es


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(1) Se ha comparado este lugar con Lucrecio, De Rerum Natura, II. 1 y sigs.

"Es dulce, mientras los vientos turban sobre el inmenso mar sus llanuras, mirar desde la tierra el enorme trabajo de otro, no porque gozar en placer signifique contemplar la vejación de alguien, sino porque es dulce comprender de qué males estás exento tú mismo".                

El ideal epicúreo entiende que el mayor bien del que se puede disfrutar en esta vida es la paz del espíritu. Lo que Lucrecio propone en el pasaje “es dulce mientras los vientos turban...” no es gozar de manera egoísta y sádica viendo los sufrimientos del forzado que rema en el trirreme bajo el látigo del cómitre. Tal cosa no sería compatible con la paz del espíritu. De lo que se trata es de gozar con la liberación que supone no emprender arduos trabajos que nos hagan esclavos de espurios intereses.

Pero la idea no es exactamente la misma: el filósofo de Platón no se alegra al verse libre de los males ajenos, sino que al alejarse de la locura e iniquidad experimenta cierta tristeza por el hecho de no haber podido salvarse él salvando al mismo tiempo a los demás. Tampoco puede hablarse aquí del idiotés ἰδιώτης griego: el que sólo se ocupa de sus asuntos. Ya que se trata precisamente de todo lo contrario, el filósofo ha intentado mediar en la vida pública, y muy a su pesar se ve obligado a retirarse de ella al comprobar el fracaso de sus indicaciones.

También Tomás Moro, en su Utopía, hace referencia al pasaje:

"Estando en semejantes Asambleas, no siempre hay ocasión de hacer el bien; el hombre bueno más pronto se pervierte en ellas que logra la enmienda de los demás. Y si no le echa a perder esa mala compañía, si sigue siendo bueno e inocente, cúlpanle de la maldad e insensatez ajenas. Así, pues, es imposible seguir ese camino tortuoso para hacer que las cosas se tornen mejores. Por eso Platón, en una hermosa comparación, nos dice por qué los sabios se guardan de interponer su autoridad en la República. Cuando ven que la gente que pasa por las calles se moja porque está lloviendo y que no pueden persuadirla a que vuelva a su casa, como saben que, si salen ellos, no lograrán sino mojarse también, se quedan en sus moradas contentos de hallarse bajo techado, ya que no pueden curar la necedad de los demás".

(2) Lema atribuido por la costumbre al político comunista italiano Antonio Gramsci. “Soy pesimista con inteligencia, pero optimista por voluntad”, afirma Gramsci en una carta a su hermano Carlo, escrita en prisión el 19 de diciembre de 1929. Pero, a decir verdad, la paternidad del lema corresponde al escritor francés Romain Rolland (1866-1944). Nobel de Literatura en 1915, de él llegó a decir Stefan Zweig, durante los años de agitación previos a la II Guerra Mundial, que representaba "la conciencia moral de Europa". Paternidad del lema que Gramsci se la reconoce a Rolland en las palabras que dirige a los anarquistas Discorso agli anarchici en la revista L'Ordine Nuovo (10 de abril de 1930).



miércoles, 3 de junio de 2020

Declaración del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de Attac ante la aprobación del Ingreso Mínimo Vital


La sociedad de este país no podrá considerarse sana y moralmente digna mientras las élites dirigentes sigan cerrando los ojos ante la tremenda realidad de la pobreza estructural con la que convivimos. El Gobierno de coalición se ha atrevido, por fin, a mirar de frente los casos más sangrantes, pero el Ingreso Mínimo Vital es un instrumento que nace castrado para abordar la desigualdad social en su auténtica dimensión.  


Declaración del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de Attac ante el Ingreso Mínimo Vital

La aprobación por el Gobierno del Real Decreto-ley 20/2020 de 29 de mayo que crea el Ingreso Mínimo Vital (IMV) destinado a atender a los casos extremos de pobreza estructural, debe contemplarse como una medida positiva. En efecto, y aun con grandes limitaciones, esta prestación intenta dar respuesta a la sensibilidad extendida entre la gran mayoría de la ciudadanía que entiende que la sociedad de este país no podrá considerarse sana y moralmente digna mientras las élites dirigentes sigan cerrando los ojos ante una tremenda realidad: la pobreza estructural con la que convivimos desde antes, y sobre todo a partir de la crisis de 2008, cuando los gobiernos del momento se apresuraron a salvar a la banca olvidando a las personas.


Centenares de personas hacen cola para recoger alimentos en un local de Asociación de Vecinos de Aluche 
Cuando una parte del panorama social del Reino de España está integrado por las grandes colas de gente que aguarda alimentos ante las entidades voluntarias que los reparten, sería una auténtica frivolidad negarse a reconocer el impacto positivo que el IMV puede representar en la vida cotidiana de las personas directamente afectadas por la necesidad. Hay una sustancial diferencia entre poder comprar alimentos o tener que implorarlos por caridad. 

Esta ayuda a los pobres llega al menos con cinco años de retraso desde que el PSOE la incluyera en su programa de Gobierno. Lo que sitúa a España al final de otra cola, es vez de indignidad: ser uno de los últimos países europeos en adoptar una medida similar.

Desde diversos medios se han echado las campanas al vuelo para celebrar como un gran acontecimiento el hecho de que una persona en situación de necesidad pueda, al fin, recibir un mínimo socorro de 460 €, cuantía que se sitúa por debajo del umbral oficial de pobreza. Lo cual arroja una idea decepcionante del estado en que se encuentra nuestro sistema de protección social. Suele argumentarse que las prestaciones de este tipo deben ser bajas para no desincentivar la búsqueda de empleo. Un argumento endeble al fijar su cuantía en la misma cifra que la de la pensión mínima no contributiva (*), a la que hay que suponer liberada de toda sospecha de holgazanería. 

Lo que tales opiniones complacientes celebran es que el IMV llegará, según cálculos del Gobierno, a 850.000 hogares en los que viven 2,3 millones de personas, y supondrá la práctica erradicación de la pobreza extrema, que actualmente afecta a 600.000 hogares y 1,6 millones de personas. Cálculo que conviene contrastar con otro dato oficial: la Encuesta de Condiciones de Vida 2019, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística. Que estima que un 26,1% de la población española. Es decir, 11.797.000 personas, se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social.

Sin embargo, ni Gobierno, ni oposición ni opiniones publicadas se plantean alternativas con suficiente ambición transformadora. Porque el IMV no deja de ser una mejora del actual sistema asistencial con algunas novedades, como su ámbito estatal y su compatibilidad con ingresos procedentes del trabajo. Pero es un instrumento castrado desde su nacimiento para abordar en toda su dimensión la desigualdad social existente en España. 

En definitiva, desde el Observatorio de Renta de Ciudadanía de Attac, sin dejar de reconocer el pequeño avance que significa el IMV, seguimos considerando que la única forma viable, hoy por hoy, para alcanzar ese objetivo de eliminación generalizada de la pobreza es la implantación de una auténtica Renta Básica Universal en los términos de incondicionalidad que la definen.

La universalidad de un ingreso ciudadano perfeccionaría el avance del IMV desde una doble perspectiva política y económica al no estigmatizar a los perceptores, proporcionar libertad real para todas las personas y reducir sensiblemente los costes de gestión administrativa. 

La Renta Básica Universal es el objetivo por el que seguiremos trabajando.

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(*) El Gobierno vincula la subida del ingreso mínimo a las pensiones no contributivas. Desvinculándola del IPREM.  La pensión no contributiva asciende a 395,6 euros mensuales en 14 pagas, ya que los pensionistas tienen las extras de verano y navidad. El ingreso mínimo vital tendrá 12 pagas, por lo que, prorrateado, da como resultado los 461,53 euros al mes que será la renta garantizada mínima de esta ayuda.




lunes, 25 de mayo de 2020

Pinto un corazón verde

La plataforma #PlanDeChoqueSocial, que involucra a más de 400 organizaciones sociales y ambientales, impulsa la campaña «Pinto un corazón verde» para reivindicar unos servicios 100 % públicos, universales y de calidad. 



Manifiesto por los servicios públicos

Los servicios públicos están a nuestro lado desde que nacemos y nos acompañan en toda nuestra vida. Garantizan derechos fundamentales como la educación, la salud o la protección social. Por eso cuando recortan servicios públicos, recortan nuestras vidas, nuestra dignidad. Por eso cuando privatizan servicios públicos, venden parte de nuestras vidas y nuestra dignidad para que alguien haga negocio a costa de todas. Por eso cuando hay gente que queda excluida de los servicios públicos nuestra sociedad es más injusta.

Una sociedad que invierte en servicios es más democrática, está más cohesionada y preparada para afrontar dificultades. Por eso la educación, la sanidad, las pensiones, los sociales, el transporte público, el agua, las telecomunicaciones tienen que llegar todas las familias, a todos los ámbitos.

La privatización ha supuesto pérdida de calidad y precariedad

En la actualidad esto no es así. Los servicios públicos están infradotados, son insuficientes, excluyen procesos necesarios y no alcanzan a todos los territorios, dejando especialmente desabastecido el medio rural. La privatización que han sufrido muchos de estos servicios han supuesto una pérdida de calidad y un aumento de las contrataciones precarias mientras que han enriquecido a las empresas que los gestionan.

España está por debajo de la media de la UE en gasto sanitario (-1,1%), educativo (-0,7%), de protección social (-1%), de vivienda (-0,1) o de servicios públicos generales (-0,2%). Otros gastos necesarios, como los de la lucha contra la violencia machista o la pobreza infantil siguen estando lejos de lo necesario para abordar estos problemas.

El caso de la sanidad

En el caso de la sanidad, entre 2010 y 2017, el Estado español perdió más de 12000 camas de hospitales a pesar del aumento de la población. En la actualidad tenemos 243 camas/100000 habitantes, siendo el vigesimoquinto país de la UE-28, cuya media es de 372 camas/1000000 habitantes. El personal enfermería se sitúa en 574/100000 habitantes en el puesto 18 de los 23 países con datos de la UE, cuya media es de 850/100000 habitantes.

En el informe State of Health in the UE. España. Perfil sanitario nacional 2019, la Comisión Europea advierte que una importante parte de los profesionales sanitarios tienen contratos temporales, lo que aumenta la tasa de rotación del personal. Además, los conciertos público-privados han derivado parte del gasto sanitario a beneficios empresariales.

En la Comunidad de Madrid, una de las regiones más privatizadas (donde la crisis de la COVID-19 ha sido más aguda), se han construido siete hospitales de concesión privada, con sobrecostes calculados en 3500 millones €, pero en total disminuyó el número de camas.

Lecciones de la crisis de la Covid-19

Por desgracia la crisis de la COVID-19 ha mostrado que no se puede atender una emergencia en condiciones porque los servicios públicos, que ya estaban desbordados, no están preparados. La infradotación de hospitales y de residencias de mayores, el poco personal sanitario, la falta de camas, las pocas ayudas a la dependencia (con más de 425.000 personas en lista de espera) o la precariedad de los servicios sociales (con recortes de 2.200 millones euros en 2013) han dificultado la actuación ante una emergencia ya no solo sanitaria, sino social y alimentaria, en el que se prevé pasar de 6 millones de personas atendidas en Servicios Sociales a más de 10 millones antes de acabar el año. El personal sanitario ha trabajado con una falta de seguridad absoluta. Esto no es de recibo cuando da la cara día a día tratando de salvar el máximo de vidas.

La pandemia está siendo especialmente cruda en las residencias de mayores, un sector altamente privatizado (en torno al 85% son residencias privadas y cada vez más están en manos de fondos de inversión) en el que se lleva años denunciando el mal estado de las instalaciones y la situación del personal, escaso, saturado y mal remunerado. De hecho, la Fiscalía investiga a 38 residencias de España, 19 de ellas en Madrid, donde se ha producido la mayor mortandad (en torno al 70% de las muertes por COVID-19 de la región).

Medidas urgentes

Queremos medidas de choque urgentes que aseguren la mejor atención para las personas que necesitan estos servicios, muchas de las cuales se han quedado excluidas (como por ejemplo el alumnado sin acceso a internet). Queremos la protección adecuada de quienes están en primera línea, de quienes nos han mantenido como sociedad, los denominados «servicios esenciales», especialmente el personal sanitario y de las residencias: demandamos recursos de protección individual y colectiva no defectuosos, test diagnósticos efectivos para personas trabajadoras y medios adaptados a las condiciones de crisis.

Queremos además la reversión de las privatizaciones y el aumento de la inversión para que los servicios públicos sean universales y de calidad, garanticen condicione laborales dignas y fomenten una sociedad más justa y sostenible ambientalmente. De esta crisis solo podemos salir si reforzamos los servicios públicos, por eso rechazamos los recortes y los planes de austeridad impuestos por la UE que llevamos sufriendo una década y que tanto estamos padeciendo ahora. Apostamos por la ampliación de lo público en ámbitos como la investigación, la vivienda, la banca, la energía renovable o las infraestructuras agroalimentarias, para asegurar que la recuperación económica favorece a la ciudadanía.




lunes, 4 de mayo de 2020

RBU: La peor de la soluciones (a excepción de todas las demás)


Todavía hay quienes albergan dudas respecto a que la renta básica universal sea una adecuada solución a la pobreza y desigualdad crecientes en nuestra sociedad. Pero la realidad palpable demuestra que el empleo precario —que convierte a los trabajadores en pobres estructurales— y las ayudas condicionales —que llevan décadas aplicándose y no han conseguido erradicar la pobreza— son medidas muchísimo peores. Son, de hecho, experiencias fracasadas. Es hora de comprender las nuevas realidades del trabajo y la idea de libertad real que alienta en la propuesta del ingreso garantizado.

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Tras la catástrofe humana causada por el Covid19, todos los indicios apuntan a que su derivada socioeconómica tendrá una dimensión igualmente catastrófica. Desatando un vendaval que ya está derribando muchos tenderetes ideológicos y deja aflorar opiniones favorables a establecer algún tipo de ayuda económica a las personas más vulnerables. Se ha hablado de rentas de emergencia o de cuarentena. Y parece que el Gobierno estudia la puesta en marcha en España de ese Ingreso Mínimo Vital que duerme el sueño de los justos en algún programa electoral.        

Sin embargo, ninguna de esas propuestas encaja en la definición de lo que sería una auténtica renta básica universal (RBU), es decir: un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad, o residente acreditado, sin tomar en consideración si es rico o es pobre, o dicho de otro modo, independientemente de en qué puedan consistir otras posibles fuentes de rentas, y sin importar con quién conviva.

Esto significa que es una renta obtenida a priori, sin averiguaciones previas sobre su situación personal. Si bien será a posteriori, el momento de rendir cuentas al Fisco cuando todos, ricos y pobres, tengan que pasar por la ventanilla fiscal, y pagar, o no, el correspondiente impuesto sobre la suma de sus rentas. Salvo el tramo correspondiente a la RBU, que estaría exento de imposición. 

La idea de la renta universal va calando cada vez más en el ánimo de una ciudadanía a la que se le hace insoportable la desigualdad producida por las políticas neoliberales. Pese a ello, los diversos bandos de tirios y troyanos enfrentados en la palestra parlamentaria contemplan la propuesta con desconfianza. Llegando, en algunos casos, a manifestar un rechazo que tiene más de visceral que de raciocinio.  

Tiene muchos defectos, dice mi madre, y demasiados huesos, dice mi padre...", dice la letra de una vieja canción de Joan Manuel Serrat. Y algo similar dicen los artilleros de la batería de críticas que disparan contra la RBU con munición de índole antropológica y moral algo viejuna. La primera e invariable objeción es que esa renta desincentivaría en la gente el deseo de trabajar. 

El delicado momento actual aconseja guardar a las vísceras en la nevera y utilizar el raciocinio: Trabajar, de acuerdo, pero ¿en qué, cuándo, cómo y dónde? Hay que explicar qué clase de trabajo podría desincentivar un ingreso garantizado. ¿Hablamos de esa amplia gama de empleos precarios que han alumbrado la categoría laboral de trabajadores pobres? Porque hay una evidente contradicción en predicar el dogma de que el trabajo dignifica al tiempo que se pagan salarios por debajo del umbral de pobreza.

La asociación mental entre RBU y holgazanería ha sido desmontada por el propio modelo productivo de nuestros días, que ha revelado su incapacidad para suministrar a toda la población esa mercancía denominada ‘empleo’. Y que no es más que un artefacto económico averiado. Las medidas de distanciamiento físico dirigidas a evitar el contagio por el Covid19 han acelerado el tránsito hacia un proceso que ya estaba en marcha: el teletrabajo. Acercándonos al modelo laboral descrito como Sociedad 20-80, en la que bastará el trabajo de alrededor del 20% de la población activa para hacerla funcionar.

Esa minoría de trabajadores cualificados será, o está siendo ya, suficiente para asegurar el control de las máquinas y los procesos productivos. El 80% restante de la población sólo tendrá acceso a empleos de bajísima cualificación, serviles en su mayoría, o se verá condenada al desempleo estructural. 

No obstante, los predicadores de la moral laboralista, ciegos y sordos ante esta realidad, siguen castigando nuestros oídos con su eterna y cada vez más desafinada cantilena: "con la RBU, la gente no trabajaría". Y cuando alguien dotado de talante socrático, les pregunta: "¿Y tú, qué harías? se apresuran a responder muy circunspectos: "No, yo por supuesto seguiría trabajando”. Según estos fariseos, en el siglo XXI la humanidad se divide en dos subclases: ellos, los virtuosos guardianes de la moral, y "la gente", esa mayoría a la que el capricho de Natura quiso nacer holgazana.  

El nuevo contrato social que será necesario para asegurar la convivencia tras los desastres causados por la reciente (last but not the least) pandemia vírica, exige salir de las zonas de confort ideológico que han servido para definir la sociedad del ayer. Porque, en la era de la Cuarta Revolución Industrial, cuando el modelo productivo ya no es capaz de ofrecer empleo digno y suficiente a toda la población, está claro que habrá que garantizar la supervivencia de las personas respetando al mismo tiempo su dignidad.

Abandonar prejuicios implica, de paso, no hacer el ridículo con el argumentario. Porque resulta pintoresca esa otra objeción que se ha podido escuchar estos días, afirmando que la RBU significaría una mayor intervención del Estado en la vida de los individuos, convirtiéndolos en dependientes.  

Presumir que la prestación universal incrementaría el grado de intervención del Estado en la vida personal sugiere la sombría y distópica visión de una sociedad en la que, para recibir la RBU, todas las personas deberíamos acudir periódicamente a las ventanillas de Leviatán, convirtiéndonos así en súbditos sumisos a su omnímodo poder. 

Pero es justo en este punto cuando la objeción se derrumba al chocar contra su propia argumentación. Porque, hasta el día de hoy, son precisamente las ayudas condicionales a la gente en situación de necesidad la que de hecho constituyen un factor de servidumbre y dominación sobre las personas por parte de la Administración. Son las personas vulnerables las que se ven sometidas a grandes humillaciones durante el proceso de concesión, vigilancia y eventual castigo de infracciones al régimen de ayudas. 

Frente a ello, la propia idea de universalidad de un ingreso que garantice a todo el mundo el derecho a la existencia la que rompe radicalmente con esa dependencia. Al día siguiente a la promulgación de una ley que consagre el derecho universal de todas las personas a percibir una RBU los agentes estatales pierden la actual potestad discriminatoria e intervencionista sobre los individuos. Al Estado no le queda otra misión que la de asegurar la correcta distribución del rédito, sin más preguntas ni investigaciones. 

¿Somos dependientes del Estado al utilizar una carretera? Habría que forzar mucho el argumentario para asegurar que el Estado controla nuestra libertad de movimiento a través de la red vial. Una carretera es una infraestructura construida a instancias del Estado y puesta a disposición de toda la población como un servicio de carácter universal que a nadie discrimina. El único control ejercido por el Estado sobre las personas concierne al respeto de las reglas de juego orientadas a la seguridad de todos los usuarios. Y en esto hay un consentimiento general del conjunto de la sociedad para que se persiga, por ejemplo, a los conductores que ponen en peligro la vida de terceros. 

Elevando la mirada, encontramos otra medida de sagrado carácter universal: el derecho al sufragio, una conquista civil irrenunciable. Nadie en su sano juicio se permite la frivolidad de afirmar que cuando acude a las urnas sufre una dependencia del Estado. Aunque es obvio que son agentes estatales los encargados de organizar la infraestructura electoral y velar por el buen orden de los comicios. 

De la misma forma en que hoy no sería de recibo establecer alguna forma discriminatoria en el ejercicio del voto, el ingreso incondicional y garantizado es un potencial derecho de toda la ciudadanía. Hoy por hoy, la RBU es la única fórmula que satisface la doble condición de asegurar la supervivencia y la dignidad de la gente. Algo que, tras décadas de aplicación, no han logrado las ayudas condicionales a la pobreza cuya vigencia se justifica en el hecho de que siga habiendo pobres. 

Los acérrimos enemigos de la RBU, en vez de perder su tiempo arremetiendo contra los defectos de algo que hasta ahora no es más que una propuesta, deberían explicar es la razón por la cual lo que no funcionan son esa maraña de rentas de indigencia condicionales que atrapan sin remisión a los vulnerables. Quienes caen en ella, no abandonan jamás su condición de pobreza.

Así que, colocando en un plato de la balanza las virtudes de la renta básica universal y en el otro sus presuntos defectos, podremos concluir que tal vez se trate “del peor de todos los sistemas de protección social… con excepción de todos los sistemas restantes”, parafraseando cierta caracterización de la democracia atribuida al premier británico Winston Churchill.

Pese a todos sus defectos (véase el lamentable espectáculo ofrecido en tiempos de desolación por los partidos de la derecha celtibérica), la democracia elimina al menos los males producidos por las dictaduras. De igual manera, el ingreso garantizado abre ante la mayoría de la población un horizonte de libertad real frente a la opresión liberticida del totalitarismo económico. 


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