jueves, 29 de enero de 2026

"Un millón de moscas no puede equivocarse, comamos mierda".

 

 Aunque suene brutal, este satírico eslogan encierra una verdad incómoda sobre el funcionamiento de los mercados cuando se desconectan de la calidad y se guían únicamente por la popularidad o la inercia del consumo masivo.  El criterio basado en el argumentum ad populum  —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace—  infecta tanto a consumidores como a mercados.

Una gran cantidad de bienes, servicios, y por desgracia muchos de los alimentos que llegan a nuestra mesa, son puestos a disposición del consumidor bajo una lógica perversa. Imaginemos que un fabricante de salchichas descubre algo inquietante: sus ventas no dependen de la calidad de sus ingredientes. Ya sea por lealtad de marca, falta de alternativas, marketing efectivo o simple desconocimiento del consumidor, sus productos se venden igual si usa carne de primera que si rellena las tripas con despojos, harinas, grasas de baja calidad y aditivos baratos.

¿Qué hará este fabricante si actúa según la racionalidad económica pura? La respuesta es tan obvia como desalentadora: reducirá la calidad al mínimo permitido (o incluso menos, si puede evitar controles). No hará esto por una maldad innata, sino porque el mercado le está enviando una señal clara: "La calidad no importa, solo el precio de coste".

Si puede vender cada salchicha al mismo precio, pero fabricarla por la mitad de coste, duplica su margen de beneficio. Desde la lógica del balance financiero, sería irracional hacer lo contrario. El mercado, en este caso, no castiga la mediocridad; la premia.

El criterio basado en el argumentum ad populum —creer que algo es correcto porque la mayoría lo hace— infecta tanto a consumidores como a mercados. Si millones de personas compran un producto, debe ser bueno, ¿verdad? No necesariamente.

La popularidad puede deberse a múltiples factores que nada tienen que ver con la calidad: potentes campañas publicitarias, conveniencia, precio bajo, hábito, falta de información o ausencia de alternativas accesibles. En muchos casos, el consumidor ni siquiera sabe qué es lo que está comprando realmente. ¿Cuántos leen la letra pequeña de los ingredientes? ¿Cuántos entienden lo que leen?

Esta asimetría de información crea un terreno fértil para que prolifere lo mediocre. Si nadie castiga con su bolsillo la baja calidad porque nadie la detecta o nadie tiene mejor opción, el mercado no autocorregirá nada.

Las fallas del mercado autoregulado

Los defensores del libre mercado argumentan que la competencia elimina naturalmente a los malos productos. En teoría, los consumidores informados premiarán la calidad y castigarán la mediocridad hasta expulsarla del mercado. Es una bonita idea que choca contra varias realidades:

Primero, los consumidores rara vez están perfectamente informados. La información tiene costes (tiempo, conocimiento técnico, acceso) que no todos pueden asumir. ¿Hasta qué punto debería investigar alguien antes de comprar unas salchichas para la cena?

Segundo, existen externalidades no visibles de inmediato. Las consecuencias de consumir productos de baja calidad (problemas de salud, deterioro ambiental) pueden tardar años en manifestarse, cuando ya es demasiado tarde para que el mercado reaccione.

Tercero, en muchos sectores existen oligopolios o monopolios de facto. Si todas las marcas disponibles usan ingredientes similares de baja calidad, ¿dónde está la opción de castigar con el consumo?

Cuarto, el marketing puede fabricar percepciones de calidad completamente desconectadas de la realidad. Una imagen de campos verdes y vacas felices no garantiza que el contenido del envase corresponda con esa pastoral fantasía.

Por qué existen las regulaciones

Aquí es donde entran las regulaciones sanitarias, los estándares de calidad obligatorios, el etiquetado transparente y los organismos de control. No son caprichos burocráticos ni ataques a la libertad empresarial, sino reconocimientos de que el mercado, por sí solo, puede fallar estrepitosamente en proteger el interés público.

Las regulaciones establecen un suelo mínimo: "No importa cuánto quieras ahorrar, no puedes poner esto en un alimento". Sin ese suelo, la carrera hacia el fondo no tendría límite. La lógica del beneficio máximo, sin contrapesos, nos llevaría exactamente al escenario de nuestro fabricante de salchichas: ingredientes cada vez peores mientras las ventas se mantengan.

Porque, al final, la confianza ciega en que "un millón de moscas no puede equivocarse" ignora un detalle fundamental: las moscas no eligen basándose en lo que es bueno para ellas a largo plazo, sino en estímulos inmediatos. Y nosotros, con frecuencia, tampoco.

El consumidor como último guardián

Esto no exime de responsabilidad al consumidor. La información existe, aunque requiera esfuerzo accederla y procesarla. Existen etiquetas, estudios, organizaciones de consumidores, análisis independientes. La diferencia entre una compra consciente y una automática puede estar en cinco minutos de lectura.

Pero exigir que cada consumidor se convierta en un experto en nutrición, química alimentaria y cadenas de suministro para cada producto que compra es, sencillamente, irreal. De ahí que necesitemos sistemas de verificación colectiva: regulaciones que establezcan mínimos, certificaciones fiables, y sí, también un mercado que premie la calidad cuando está adecuadamente informado.

Conclusión: más allá de las moscas

El eslogan de las moscas nos recuerda que la verdad no se establece por votación, ni la calidad se garantiza por popularidad. Un mercado puede funcionar maravillosamente bien para distribuir recursos y generar innovación, pero solo cuando los incentivos están alineados correctamente.

Cuando un fabricante puede ganar más vendiendo peor, cuando el consumidor no puede distinguir entre lo bueno y lo malo, cuando la popularidad se construye con publicidad en lugar de mérito, el mercado no nos lleva hacia la excelencia. Nos lleva, literal y metafóricamente, hacia la mierda.

La solución no es renunciar al mercado, sino enmarcarlo con regulaciones sensatas, alimentarlo con información transparente y cultivar consumidores críticos. Tal vez un millón de moscas no se equivoque alimentándose de basura, puesto que ese es el nicho dentro del cual prospera su especie. La cuestión es si nosotros, humanos, vamos a seguir comiendo la mierda que nos venden otros miembros de nuestra propia especie.


No hay comentarios:

Publicar un comentario