Charlaba Steve Bannon a principios de 2018 con el periodista Michael Lewis y surgió la gran frase:“The real opposition is the media. And the way to deal with them is to flood the zone with shit”. Esto es: “La verdadera oposición son los medios de comunicación. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona con mierda”. Lewis publicó la entrevista el 9 de febrero de 2018 en Bloomberg Opinion. Y la consigna del exasesor de Donald Trump y muñidor, al tiempo que gestor de fondos para la extrema derecha mundial y gran amigo de Vox, se extendió por el mundo y aquí mismo, en esta España nuestra, los muchos seguidores del gran predicador tomaron aquella arenga en su sentido estricto y llenaron los medios de comunicación patrios, ustedes los van a leer ahora mismo, de toneladas de tan sucia sustancia. Sirven por igual bulos, tergiversaciones, hipérboles enloquecidas, infamias o comentarios soeces y brutales, que son la materia prima de este libro, firmados con orgullo por sus autores, enfebrecidos por su mesiánica labor de defensa de la patria, siempre en peligro cuando gobierna la izquierda. Es el “periodismo de queroseno” del que hablaba Ben Bradlee, el gran director de The Washington Post.
Algún avisado lector encontrará en esta introducción algo más que ecos de autoplagios. Qué le vamos a hacer. Es que el prefacio al libro Las mil frases más feroces de la caverna, (Aguilar, 2011) la explicación de qué era el Catavenenos (elDiario.es, 7-1-2024) y otras piezas familiares, son del mismo autor y tienen como material de trabajo similar almendra: las frases más feroces aparecidas en periódicos vetustos –los hay incluso centenarios y hasta con grapa- o modernos digitales nativos. Inevitable el parecido entre gemelos monocigóticos. La hogaza del humilde panadero de pueblo sabe igual todo el año porque un día tras otro el artesano utiliza los mismos ingredientes. Incluso el genio de Ferrán Adriá siempre producía el mismo placer en boca de todas sus menestras de verduras en texturas o de la famosa aceituna esférica que servía a los 50 comensales diarios. Aquí, lástima, estarán más cerca del primero que del segundo.
El panorama de la prensa española de la derecha o la extrema derecha -¿alguien es capaz de distinguirlas?- en estas fechas, octubre de 2026, es aterrador. Da igual saber si fue primero el huevo o la gallina, esto es, si los periodistas – de alguna manera habrá que llamarles- de estos medios siguen las órdenes de los políticos del PP o de su versión gore, de Vox, incluso de sus pingües subvenciones, o si es al revés. El resultado es el mismo, o así lo cree quien esto escribe, un cuadro solanesco, repleto de fanáticos sin reciclar firmando artículos y eligiendo cuidadosamente las frases más hirientes posibles contra sus enemigos –que no rivales- políticos. El objetivo de sus nobles palabras es, simplemente, luchar contra el comunismo mundial, llenando papeles, micrófonos y pantallas con un monocorde discurso antidemocrático, en ocasiones al borde del fascismo. Decíamos, y repetimos, que ladran, pero muerden, son insolentes y lenguaraces, insultan como tabernarios, ríen como hienas y vilipendian como desfachatados. Siembran el odio y animan al manteo. Son muchos, desgraciadamente cada vez más, ante la proliferación de mil y un digitales que ensucian el panorama mediático gracias a dineros de vaya usted a saber qué procedencia.
Algunas consideraciones. Es verdad que la canallesca tiene una larga tradición en nuestro doliente país. Ciñéndonos al último periodo de democracia, olvidando la prensa del siglo XIX o la de la República de 1931, ya entonces hacía sus pinitos facinerosos el Abc, no hay más remedio que citar al famoso ‘sindicato del crimen’, tan conocido al menos como la banda de José María el Tempranillo, creado para acabar con Felipe González por las buenas o por lo criminal en los primeros años noventa. Ya lo reconoció años después uno de sus más ilustres integrantes, Luis María Anson: “Para terminar con González se rozó la estabilidad del Estado”. Los mismos, junto a otros ejemplares tan depredadores como ellos, lo intentaron con el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Algunos ejemplos de aquellos años: Hermann Tertsch, Abc: “El pelo de la dehesa, las formas grotescas y la ignorancia inabarcable de nuestro presidente han dejado huella en toda Europa”; Isabel San Sebastián, El Mundo: “Desde Fernando VII, el rey felón, no había sufrido esta pobre Nación semejante flagelo de incompetencia y traición”; Miguel Durán, La Gaceta: “El presidente compresa: ni se mueve ni se nota ni traspasa”. Y ahora lo hacen, de manera aún más zafia y más ruin, con Pedro Sánchez.
El fenómeno está muy estudiado. El alemán George Lachmann Mosse acuñó el término brutalización. El historiador español Fernando del Rey aplicó el calificativo a la realidad de la II República española y su concepción de la política: “Una batalla que solo habría de cesar con la rendición incondicional del adversario, convertido de la noche a la mañana en irreconciliable enemigo y al que se deshumanizaba a través de estereotipos maniqueos y violentos”. El argentino Franco Delle Donne, recuerda en Epidemia ultra: Del fascismo europeo a Silicon Valley, que “desde el punto de vista emocional y movilizador, es mucho más fácil indignarse, repudiar y hasta odiar a un político con nombre, apellido e historia detrás de él que al Estado como concepto”.
Esa es la estrategia: la deshumanización. Si eres un miserable pelele, se te puede apalear, punzar o castigar con látigos de siete colas. Es lo que han hecho siempre los regímenes fascistas, es la táctica criminal que desarrollaron Goebbels y Hitler. Eres una cosa inerte, sin sentimientos humanos, una piedra insensible. O aún peor, se está frente a un ser inhumano, una bestia salvaje, un monstruo. Para defenderse del gigantesco pulpo que atacó al Nautilus de Julio Verne, todos los arpones posibles, de los pequeños a los desmesuradamente grandes, sirven para acabar con tan flagrante amenaza. Así lo quiere el PP, así lo quiere Vox, así lo quieren las firmas que aquí traemos.
Luego está la putrefacción del lenguaje. Quizá advertirán los lectores de este libro con ojo fino que la vesania de estos agitadores va creciendo de año en año. Y es que el odio genera aún un odio mayor, y el fracaso en acabar con el Satanás que vive en La Moncloa llena con más veneno su lengua y su pluma. Pasa, además, que las redes sociales, tan potentes, tan abonadas con miles de millones por los grandes tecnomultimillonarios al servicio de Trump y la extrema derecha, ayunos de cualquier control, dejan muy alto el nivel admitido en los insultos y las descalificaciones procaces. Lo triste, lo verdaderamente patético es que los periódicos que presumen de serios y rigurosos, o los digitales infames, emulen esa violenta palabrería para no quedarse atrás. Todo confluye y llegamos al nivel de podredumbre que ustedes, si gustan, van a tener la oportunidad de saborear. Ya saben, esa alegre muchachada gritando ‘Sánchez, hijo de puta’ en las fiestas del pueblo o esos empingorotados matrimonios con hijos de corta edad gritando la misma consigna a la llegada del presidente a los desfiles militares. ¡Son tan patriotas al tiempo que educados!
¿Por qué 300 insultos?, se preguntarán ustedes si están muy aburridos. Es verdad que quizá hubiera bastado con veinte o treinta, suficiente parte del mosaico para intuir el conjunto. Pero el autor cree importante mostrar la cantidad de ignominia que se vierte a diario contra el presidente legítimo de un gobierno democrático, y no sólo la calidad de los innobles firmantes. Como decía Iñaki Gabilondo, “los pájaros de Hitchcock sólo inspiraban terror a partir de un cierto número, en nubarrón”. Y eso queremos demostrar aquí, que no se trata de los destellos de tres o cuatro aventados, sino que son el producto de una campaña bien organizada, ricamente pertrechada y aún mejor financiada. Forman parte, voluntariamente apuntados, del ejército de la gran derecha mundial que quiere acabar, para siempre, con los zurdos deleznables. A nadie podrá extrañarle saber que Elon Musk, allá en sus alturas, publicó un tuit que decía lo siguiente: “Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”. Exacto a otro de Santiago Abascal y que coincide, palabra por palabra, con varios de los comentarios que aparecen en este libro. No son periodistas. Son soldados de una causa retrógrada y vil. Un nubarrón de cuidado. Y aquí están, son 300 frases, pero podían ser mil o dos mil, agrupadas como cuervos negrísimos en su cruzada contra los rojos y de manera muy especial contra Pedro Sánchez, el más canalla, el más criminal de todos ellos.
Estos charlatanes ostentosos siempre se refugian, cobardemente, en el sacrosanto derecho a la información, artículo 20 de la Constitución, que dice así: “Se reconocen y protegen los derechos (…) a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Verdad. Pero un poco más adelante, el mismo artículo señala lo siguiente: “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título (…) especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen”. Vean este apretado resumen de términos referidos a Pedro Sánchez de las frases aquí recogidas: ególatra, tirano, sátrapa, psicópata, autócrata, sin escrúpulos morales, hipócrita, ladrón, vil, malo, corrupto, el jefe de la banda, chulo, surgido de los burdeles, inmoral, indecente, traidor a la patria, mosca cojonera, idiota, lagartija, bárbaro, Atila, negrero, sinvergüenza sin escrúpulos, depravado, golfo, granuja, inmoral, rata, indigente mental, pasto de presidio, delincuente, gánster, desalmado, imbécil y, por supuesto, hijo de puta. Dejemos a los juristas si estos cariñosos calificativos respetan “el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen”. Mientras lo piensan, ellos siguen; más lodo, más lodo, esto es la guerra.
Crear digitales como hongos no es difícil para quienes chorrean millones de euros. Da igual su rentabilidad. Aparecen para lo que aparecen, muy alejados de criterios profesionales o de buena gestión económica. Siempre habrá unos empresarios generosos o una Comunidad Autónoma dispendiosa. Vean ahí, por ejemplo, esos milloncejos que le caen a OKdiario o El Español desde las oficinas de la reina del vermú, Isabel Díaz Ayuso. O la prodigalidad de la Iglesia y sus muchas organizaciones, como la Asociación Católica de Propagandistas, que lo mismo sostienen El Debate que la Cope o el canal Trece, una máquina imparable de perder dinero, procedente de esos impuestos que pagan ustedes. En esta infocalipsis, término utilizado por Fernando Vallespín, o Infobesidad, acuñado originalmente por James Morris, es muy difícil navegar. No crean que se trata de barquitos menudos o simples lanchas de acción rápida. Quiá. Con ellos, en amigable compañía, carne de su carne, sangre de su sangre, están los grandes representantes de la llamada prensa seria. Entre todos forman un magma viscoso. Son muchos y cuesta avanzar entre sus tierras pantanosas. Les gusta hablar de polarización, pero la verdad es que los proyectiles sólo llegan desde el mismo frente; la ultraderecha junto con su osito de peluche, la llamada derecha civilizada, hoy tan ricamente deglutida por los AfD alemanes, la francesa Le Pen, la italiana Meloni o el argentino Milei. Y no citamos al patrocinador de todos ellos, el multipoderoso Donald Trump. El amo del imperio. Y sí, ciertamente, ese PP abducido por Vox.
Bien. Y ahora queda saber qué podemos hacer los periodistas del otro lado, por decirlo de alguna manera, para enfrentarnos a este derroche de brutalidad. Crecen las dudas. Un día escribí lo siguiente: “¿Conviene silenciarles, no hacerles el más mínimo caso, no extender sus panfletos más allá del ámbito en el que se mueven, o es útil denunciarles, mostrar a todo el mundo la saña de sus imprecaciones, el grosor de sus insultos? Ante el olor que despiden, hay quien se echa atrás, prefiere no tocarlos y decide ignorar su presencia, argumentando que es mejor no extender sus panfletos más allá del reducido ámbito en el que se mueven. Darles papel, argumentan, no hace sino contribuir a la expansión del virus”. Pero quien esto escribe lo tiene muy claro. Entiende esa postura, faltaría más, pero no la comparte en absoluto. Aquel texto continuaba así: “La suficiencia de la izquierda les ha dejado engordar hasta convertirse en un foie indigerible por monstruoso. Casi nadie se atreve a afearles conducta, sacarle los colores, ponerles en evidencia, devolverles el mandoble o el vómito. La capacidad de chantaje de estos desbocados es mucha y han logrado acoquinar a dirigentes de relumbrón. Hay algunos amigos a los que no les gusta que un periodista hinque el diente a otros periodistas. Perro no come perro, dicen. ¿Quiénes criticamos con desenvoltura y pluma suelta a todos -presidentes de gobiernos, políticos en general, gobernadores de bancos centrales, escritores, artistas, bailarines, entrenadores de fútbol- no vamos a poder hacerlo con esos mismos boquirrotos que vierten desde sus tronos públicos sus mezquinas opiniones? ¿No deben denunciar los jueces intachables a los corruptos que haya en su gremio? ¿Los policías a sus compañeros que se saltan la legalidad? ¿Los médicos cuidadosos callarán ante quienes han dejado morir, por negligencia o mala práctica, a uno de sus pacientes? Detesto la omertá, que así se denomina -como todo el mundo sabe- al silencio de los mafiosos”.
Y en esas seguimos. No hemos querido utilizar el ventajismo de echar mano de los insultos de las redes sociales, furia descontrolada, o de los comentarios de los lectores a los comentarios aquí reseñados. Dinamita para los pollos. El objetivo de este trabajo que ustedes, si gustan, van a leer, no es defender a Pedro Sánchez, el político objeto de los denuestos, que él ya lo hará con sus muchos medios. Se trata, créanme, de denunciar el grado de zafiedad, grosería y salvajismo al que han llegado los medios de comunicación de nuestro país. Ya saben, nunca digan a mi madre que soy periodista, mejor que toco el piano en un burdel. Porque creemos, como Albert Camus, que “una sociedad que se deja distraer por una prensa que se deshonra se precipita hacia la esclavitud”.
Hasta el surcoreano Byung-Chul Han, flamante premio Princesa de Asturias se ha visto obligado a escribir Sin respeto ante la desvergüenza y el salvajismo de redes y medios de comunicación. Y tan píos como son nuestros amigos, y a pesar de la reconocida fama del responsable de este libro de comecuras, vamos a darles a nuestros amigos de la más negra caverna un consejo del mismísimo León XIV, en teoría su gran jefe de filas: “Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato (…) Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras (…) entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación”. Seguro que como el que oye llover.
Les dejo con los firmantes que ensucian y envenenan nuestra convivencia. La fórmula elegida por el autor es simple. Sus frases, a pelo, desnudas de apostillas o comentarios, para que luzcan en todo su esplendor. Y, por favor, hagan un esfuerzo más: no se olviden de sus directores –fungen de muy dignos- y sus correspondientes consejos de administración –ellos se dicen respetables- que son quienes permiten, aventan y dan cancha libre a tanta basura. Cómplices necesarios, pues, del delito. Sucios desde la cabeza hasta los pies.
Antes de terminar, no quiero olvidarme de otros medios de comunicación de masas tan indignos como los aquí reseñados: las radios y las televisiones. Dejo en el aire, para que alguien con más posibilidades, quizá alguna cátedra universitaria que cuente con la ayuda de sus alumnos, algún equipo de investigadores de ciencias sociales o de la comunicación, o alguna fundación con la cuenta corriente saneada, pueda escrutar con rigor esas tertulias repugnantes que todos conocemos, desde Iker Jiménez a Nacho Abad, Ana Rosa Quintana, Carlos Herrera o Antonio Naranjo, por citar algunas notables muestras. Hay muchas horas que grabar y escuchar, muchas intervenciones que recortar, muchas frases que recoger. La tarea, ciclópea, está fuera del alcance de este modesto plumilla, que bastante ha hecho con el trabajo que ustedes tienen delante. Señalábamos antes a directores y dueños de los medios escritos. Sirva, aun en mayor grado, dado el volumen de sus oyentes o espectadores, la misma acusación contra quienes proveen de pistolas a los mercenarios. Qué bárbaras Mediaset o Antena 3, pero qué desvergüenza la de Telemadrid, que paga la inmundicia de esos programas con euros públicos. Y míos, que bien que me duele.
He dividido el campo de tiro por años, más un apartado dedicado a la familia de Sánchez. El autor les advierte sobre la densidad del fango en que se van a adentrar. El que avisa no es traidor.
